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01/04/13 - Granma (Habana) - José Martí, nuestra América y el equilibrio del mundo

José Martí, nuestra América y el equilibrio del mundo

ARMANDO HART DÁVALOS

Para promover una interpretación acertada de esa figura excepcional de
nuestra historia y de América que fue José Martí resulta imprescindible
destacar todo lo que se integró en el crisol de ideas del Apóstol y la
enorme influencia que continuó ejerciendo después de su muerte. Estamos
refiriéndonos a un periodo que abarca dos siglos de historia y que se
inicia en los tiempos forjadores de la cultura cubana y de la formación de
la conciencia nacional, en los albores de siglo XIX, y llega hasta
nuestros días.

Aquellos que conozcan algunos elementos esenciales de la historia de Cuba
podrán convenir en que José Martí sintetiza de modo ejemplar una larga
legión de héroes, próceres y pensadores de un siglo de hechos e ideas
reveladores del carácter singular del proceso independentista cubano que
transcurre en la segunda mitad del siglo XIX y que es parte inseparable de
la epopeya libertaria de nuestra América iniciada a comienzos de ese
propio siglo con Bolívar como su figura más descollante.

Los cubanos tenemos el deber de mostrar, con mayor precisión y
actualizando sus ideas, quién fue ese genio de la política, de la
literatura y del pensamiento universal y al que Gabriela Mistral
caracterizó como el hombre más puro de la raza. Habiendo vivido solamente
cuarenta y dos años, dejó una obra impresionante y se ganó la admiración y
los más grandes elogios como escritor y poeta, organizador político y
revolucionario, de los más profundos pensadores y de los hombres de más
sólida y universal cultura de España que le conocieron o estudiaron su
obra. Un hombre de fina sensibilidad, amante de las letras y de lo bello,
fue también capaz de fundar el Partido Revolucionario Cubano y organizar y
convocar la guerra contra la dominación colonial de España y al que más de
medio siglo después de su muerte Fidel Castro señalara como inspirador y
autor intelectual de la Revolución Cubana.

Todas estas facetas, reunidas en una sola pieza, están presentes en la
personalidad de José Martí, quien si no es más conocido e identificado en
el mundo, en toda su grandeza, se debe a esas lagunas que hay en el
civilizado siglo xx sobre la gigantesca riqueza cultural y espiritual de
los pueblos de nuestra América. Martí se define en primer lugar por su
inmensa capacidad de entrega a la causa humana, este fue el sentido de su
vida. Lo que lo hace excepcional es que unido a una vocación de sacrificio
va su extraordinaria inteligencia, su talento superior y su vasta cultura,
también su capacidad de organizar, reunir hombres y sus extraordinarias
dotes para la acción. Alcanzó, en un grado superior, virtudes que podemos
representar en tres ideas: amor, inteligencia y capacidad de acción. Todo
ello forjado por una indoblegable voluntad creadora y humanista.

El insigne poeta católico José Lezama Lima -creador y figura cimera del
grupo Orígenes al que perteneció también Cintio Vitier, cuyas huellas
fecundas aún perduran en la cultura cubana-, afirmó que Martí "es un
misterio que nos acompaña". Asimismo, Julio Antonio Mella, el combatiente
antimperialista que cayó asesinado en México, patricio y adalid de la
juventud cubana -el más alto representante del proceso revolucionario en
la década del 20, y que fundara en 1925 el Partido Comunista de Cuba-,
subrayó "la necesidad de investigar el misterio del programa
ultrademocrático de José Martí".

Para comprender cabalmente el significado real de la personalidad y el
pensamiento de José Martí para Cuba, América y el mundo resulta obligado
situarlo en el devenir de la historia de las ideas cubanas. Los aspectos
esenciales que pueden guiarnos en el análisis de ese dilatado periodo
histórico son los siguientes:

·Las fuentes cubanas que nutrieron a José Martí (1790-1868). El presbítero
Félix Varela, defensor de la independencia de Cuba, y José de la Luz y
Caballero, fundador de la escuela cubana, constituyen, junto a otras
destacadas figuras de esa época, el núcleo forjador de la educación y la
cultura que llegaron de manera directa a José Martí a través de su maestro
Rafael María de Mendive.

·Su consagración a Cuba, nuestra América y la humanidad (1868-1895). Desde
su juramento hecho en la adolescencia cuando se enfrentó directamente a la
esclavitud, su entrega a la causa de la independencia de Cuba, el
permanente destierro en que transcurrió la mayor parte de su vida que
favoreció su americanismo y su universalidad, estudio y conocimiento en
profundidad de los Estados Unidos durante su prolongada estancia en ese
país, hasta su caída en combate en Dos Ríos.

·Su concepción de la guerra necesaria, humanitaria y breve, que implica la
dirección de la guerra con criterio político como único modo de ganarla:
la fundación del Partido Revolucionario Cubano para unir voluntades en un
apretado haz bajo una dirección unificada, su actividad febril en el
terreno de las ideas a favor de la causa de la independencia, y su labor
con los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo y otras figuras de la
guerra del 68.

·La tragedia que quiso evitar a tiempo el Maestro. La significación
cubana, iberoamericana y universal de la intervención de los Estados
Unidos en la guerra de independencia de Cuba.

·El renacimiento del ideario del héroe de Dos Ríos (1902-1953). La
trayectoria del pensamiento martiano rescatado por el movimiento
antimperialista, socialista, democrático y popular de Cuba durante la
neocolonia.

·La presencia del Apóstol en la generación del centenario (1953-1961). La
significación que tuvo el pensamiento de Martí en la generación que emerge
a la vida política del país coincidentemente con el centenario de su
natalicio en 1953 hasta culminar con la declaración del carácter
socialista de la Revolución el 16 de abril de 1961.

·El pensamiento martiano y su articulación definitiva con el ideal
socialista. La obra de la Revolución y el contenido de ideas que
relacionan el pensamiento martiano y el socialista.

La historia de Cuba muestra, desde el nacimiento y en el desarrollo de la
nación, cómo los hechos económicos, sociales, políticos e incluso
militares que tuvieron lugar a lo largo de más de dos siglos, se enlazaron
con la cultura política y filosófica de la modernidad, asumida desde los
intereses de los pobres. Ella nos enseña, a su vez, el carácter de las
relaciones de Cuba con el mundo.

En nuestro caso, los hechos y procesos transcurridos dieron lugar, en la
esfera del pensamiento, a una síntesis de valor universal porque
constituye una identidad integrada por diversas corrientes sociales,
culturales y filosóficas del mundo occidental. Lo original en Martí está
en que asumió el inmenso saber universal, lo volcó hacia la acción
política y educativa a favor de la justicia y lo expresó en las más bellas
formas de la literatura. De esta forma asumió y proyectó las ideas más
revolucionarias de su tiempo. Su trascendencia está, entre otras cosas, en
que es parte integral e inseparable de Iberoamérica y el Caribe. Hay un
ideario nacional que aspira a acercarse al mundo y que el mundo se acerque
a él. No otra significación tiene el mandato de José Martí: "Injértese en
nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser de nuestras
repúblicas", así como su aspiración a que Cuba se convirtiera en
universidad del continente.

José Martí adquiere una renovada vigencia, porque él representa la cúspide
de un legado cultural político, social y filosófico orientado hacia los
intereses de los pobres de la tierra y de la humanidad y constituye
obligado punto de referencia para enfrentar los problemas actuales que
deben ser examinados por todos aquellos preocupados por el futuro de la
humanidad.

Esa síntesis de cultura universal forjada en Cuba, a partir de las últimas
décadas del siglo XVIII y durante el siglo XIX, constituye una
singularidad en la historia económica, política y social de Occidente. En
ella, la cuestión cultural desempeñó un papel clave en la historia de
nuestro país en una relación dialéctica con los acontecimientos y procesos
históricos. Se fundieron desde los orígenes mismos dos elementos: las
corrientes filosóficas, políticas y sociales que venían de la Ilustración
y la modernidad europeas y los más genuinos principios que nos llegaron
del pensamiento y los sentimientos éticos cristianos. De la primera
tomamos el pensar científico y el amor a la libertad y a la dignidad
humana; de la segunda, las más nobles tradiciones morales de la redención
del hombre en la tierra.

De la población que vino de África aprendimos el sentido de la libertad
personal, que creció y se fortaleció en la lucha contra la esclavitud.
Asimismo, las influencias africanas en el folclore, en la música y en la
cultura en general, se articularon con las de origen europeo y de otras
nacionalidades y dieron lugar a una sensibilidad estética y a creaciones
artísticas de alcance universal.

Entre las fuentes principales de nuestras ideas políticas y sociales y de
redención humana, figuraron las luchas por la independencia americana que
simbolizamos en Simón Bolívar. Siempre hemos considerado a Cuba como parte
de la gran patria que Martí llamó "Nuestra América" y también "América de
los trabajadores".

Hombres eminentes en el campo de la educación, la ciencia y la cultura le
abrieron, desde la ética cristiana, camino revolucionario al pensamiento
científico y pedagógico cubano. Paralelamente se fue gestando, bajo la
influencia de las ideas más puras del cristianismo, entendido al modo que
lo había asumido siglos atrás fray Bartolomé de las Casas y de los
principios revolucionarios de la Europa del siglo XVIII y comienzos del
XIX, una cultura que solo puede definirse como de liberación social
caracterizada por el hecho de que no se trazó antagonismo entre ciencia y
ética, ni tampoco entre ciencia y fe en Dios.

El presbítero Félix Varela, a comienzos del siglo XIX, desde su Cátedra de
Filosofía nos enseñó a pensar. Su más aventajado y excepcional discípulo,
José de la Luz y Caballero, nos enseñó a estudiar y a conocer. Ellos nos
estimularon el amor a la justicia, a la verdad, a la belleza y el
compromiso de realizar un servicio en favor de los hombres y lo forjaron
en el diseño germinal de la nación cubana.

Nuestra cultura se desarrolló superando la herencia reaccionaria de
determinadas corrientes de la escolástica, que nos representamos en la
Inquisición y enfrentada a ellas. Asimismo, había asumido la evolución
intelectual de Occidente a partir de las aspiraciones de los pobres y los
principios científicos más avanzados de la modernidad europea.

Proponerse la redención del hombre en la tierra sobre la base de la más
pura tradición cultural cristiana y, a la vez, introducir en la escuela
forjadora de Cuba los métodos y principios científicos de la modernidad
europea, desde principios del siglo XIX, es un hecho excepcional porque,
como se sabe, entonces la fe cristiana se consideraba por muchos en
antagonismo con los descubrimientos de la ciencia. Es bien sabido cuántas
luchas y tragedias generó esta contradicción.

El mantenimiento de la esclavitud en el marco del régimen colonial
condicionó la estratificación social de Cuba, y paradójicamente, la
posterior radicalización del movimiento independentista. A diferencia de
los procesos a favor de la independencia que tuvieron lugar en el
continente, en nuestro caso, el aspecto social adquirió un papel clave
pues para que Cuba emergiera como nación independiente era insoslayable
dar solución al problema de la esclavitud. Había que unir la lucha por la
independencia del país con la abolición de la esclavitud para formar la
nación; de otra manera no se lograría. Estas exigencias políticas y
económico-sociales les brindaron una dimensión y alcance universales a las
ideas redentoras cubanas que Martí sintetiza y eleva a planos superiores.

En su pensamiento se halla una integridad que abarca la ética, la ciencia,
la poesía, incluso, lo que el llamó "el arte de hacer política". Esta
articulación está en la esencia de la cultura nacional y es su mejor
escudo.

La nación cubana fue obra de una revolución social iniciada el 10 de
octubre de 1868, con el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes contra la
metrópolis colonial y cuya continuidad es la de nuestros tiempos. Han
existido naciones que han hecho revoluciones; en nuestro país, fue la
revolución que comenzó en aquellos años y que hoy mantenemos en alto, la
que hizo y desarrolló a la nación cubana.

La ética, la utopía realizable hacia el futuro del pensamiento cubano de
la primera mitad del siglo XIX, estaba ensamblada con las necesidades de
una Cuba independiente y sin esclavos, y acabó mostrando todo su realismo
en la revolución de Yara, la misma que hoy, 130 años después, sigue
defendiendo el pueblo cubano.

José Martí asumió como el reto esencial de la nación el diseño de un
pensamiento genuinamente humanista en favor de los pobres de la tierra
junto a una visión ecuménica de la justicia y de la dignidad humana, sin
ninguna de las trabas y restricciones que los intereses creados les habían
impuesto a las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.

El estudio de los problemas que impidieron el triunfo de la causa
independentista sirvió a Martí para elaborar su estrategia revolucionaria
hacia la próxima etapa de la contienda bélica. Las ideas de José Martí,
referidas a la creación de un partido que le diera alma y cohesión a la
revolución están, en parte, relacionadas con el objetivo de superar la
anarquía, la indisciplina, el caudillismo y el localismo dentro del
movimiento revolucionario, que fueron, sin duda, las causas de fondo del
trágico desenlace del conflicto que opuso durante diez años a cubanos y
españoles.

El gran mérito histórico de Martí fue el de unir todos los factores
dispuestos a la guerra, organizarla, hacerla viable y, partiendo de ello,
transmitirles una ideología y una proyección política. Al darle una
política a la guerra, Martí actuaba con un gran realismo y sentido
práctico. No fueron pocos los obstáculos que encontró para alcanzar este
objetivo.

Tras laboriosa preparación, fundó en 1892, el Partido Revolucionario
Cubano, el cual agrupó a todos los hijos de nuestra tierra interesados en
el derrocamiento del sistema colonial español con el propósito de coronar
la obra iniciada a principios del siglo XIX por Simón Bolívar y plantearse
la integración de nuestra América.

Al caer en su primer combate de la guerra que él había organizado y
convocado, el 19 de mayo de 1895, nos dejó el ejemplo de su virtud
educativa ya que sin ser un militar creyó necesario venir a combatir por
las ideas que había predicado. Fiel a su pensamiento hacer es la mejor
forma de decir escribió con su sangre generosa la más hermosa y dramática
lección.

La correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace; entre lo que se
piensa y se lleva a vías de hecho, está expresada en aquel drama
histórico. ¿Acaso esto le da la razón a los que hablan de nuestra utopía?
¿Qué inspiró el ideal y la lucha a favor de las más nobles aspiraciones
humanas en la milenaria historia de la cultura, de las ideas y del arte
que el hombre ha ido creando sobre la tierra? Al talento, a la aspiración
de perfeccionamiento y de justicia no se puede renunciar sin renunciar a
ser hombre, y Martí lo era en el grado más alto.

La ferviente búsqueda del equilibrio indisolublemente relacionada con
Martí y con la acción liberadora, la expresa a escala universal cuando
postuló que: Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra
América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso
acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. También señaló como deber de
Cuba trabajar para, junto a esas Antillas libres, servir de freno y evitar
la guerra que calificó de "innecesaria" entre las dos secciones adversas
del hemisferio. El proyecto suele ser acusado de utópico pero, en todo
caso, lo honesto es planteárselo como utopía realizable hacia el futuro
porque constituye una necesidad de los pueblos desde Alaska a la Patagonia
y, en definitiva, del mundo. Pero no lo olvidemos sino, que, por el
contrario, tomémoslo como enseñanza: el equilibrio a que el Apóstol
aspiraba requirió la "guerra necesaria, humanitaria y breve", que
garantizara la independencia de Cuba con respecto a España y los Estados
Unidos y la plena soberanía de los pueblos de las Antillas. Por esto son
tan importantes nuestros vínculos y relaciones, cada vez más fortalecidos,
con el mundo del Caribe.

Para Martí, conocedor profundo de las realidades de su tiempo resultaba
imprescindible, para que Cuba pudiera surgir como nación independiente,
lograr que los intereses de las principales potencias europeas se
contrapusieran al expansionismo del naciente imperio norteamericano para
equilibrar esos apetitos que resultaban una amenaza directa para nuestro
país como la historia demostró posteriormente. Sin embargo la idea
martiana del equilibrio en el mundo no se limitaba en modo alguno a Cuba
ya que como refleja en la ya citada carta a Mercado concebía la
independencia de Cuba y de Puerto Rico como un valladar que impidiera la
expansión de Estados Unidos hacia el sur del continente e impedir con ello
un enfrentamiento armado entre las grandes potencias de esa época en el
mundo.

Este mismo propósito de equilibrio en el mundo lo concreta el Apóstol en
su escala más profundamente humana e individual cuando postula que los
hombres deben aspirar a lograr, cada uno de ellos individualmente, el
equilibrio entre las facultades emotivas e intelectuales, y a desarrollar
a partir de ello la voluntad creadora. Esto tiene hondas raíces
psicológicas que deben servir a nuestra pedagogía y nuestro quehacer
político.

Emoción y razón, entender e imaginar, constituyen los polos de una
contradicción que se da en el alma humana y que Martí, con las enseñanzas
de Varela y De la Luz, exalta en sus ideas sobre la ciencia del espíritu.
El gran reto está cuando el problema se plantea en una amplia escala
social.

Es precisamente asumiendo esta tradición martiana y además el pensamiento
social y filosófico más avanzado de la edad moderna, lo que nos permite
hoy resaltar la importancia de los factores económicos y sociales y
reconocer a su vez el valor de la sicología individual y colectiva. De
aquí el acento en la transformación moral del hombre a través de la
educación y de su capacidad de asociarse en el trabajo y en el estudio.
Asociarse es el secreto único de los hombres y de los pueblos y la
garantía de su libertad, subrayó el Apóstol.

Martí desarrolló una fina sensibilidad en la búsqueda de formas prácticas
para lograr el más amplio consenso y la unidad entre todas las fuerzas
empeñadas en hacer de Cuba un país independiente. Esa rica experiencia
constituye lo que yo he llamado cultura de hacer política y es el aporte
principal de Cuba al acervo intelectual universal, que supera la vieja
consigna conservadora de divide y vencerás, de antiquísima referencia,
establece el principio de unir para vencer y se postula una definición de
la justicia como el sol del mundo moral. Ahí está la esencia de la acción
política cubana y se basa en el principio enunciado por el Maestro de que
ser culto es el único modo de ser libre.

En un mundo cada vez más globalizado e interconectado podemos asumir, con
la cultura martiana, los retos que tenemos hoy ante nosotros. El principio
enunciado por Benito Juárez sigue siendo un referente insoslayable: Entre
los hombres como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la
paz.

Hoy, la máxima prioridad de la política debe ser la cultura. No hay
hombre, en el sentido pleno y universal del término, sin cultura y esta no
existe sin aquel. Ella es, a la vez, claustro materno y creación de la
humanidad y tiene como categorías primigenias el trabajo y la justicia
para garantizar la convivencia humana. Ahí nacen la ética y la necesidad
de ejercer la facultad de asociarse que el pensamiento martiano situaba
como el secreto de lo humano. Precisamente, el error fundamental de la
política revolucionaria en el siglo XX estuvo en que marchó divorciada o
separada de la cultura.

Cuba encara los enormes desafíos que en los albores de un nuevo siglo y un
nuevo milenio tiene ante sí la humanidad y lo hace enarbolando como
bandera la acción y las ideas de los grandes próceres y pensadores de
nuestra América para orientar nuestra acción y vencer los complejísimos
obstáculos del presente y del futuro, exaltando el papel de la cultura y
las formas de hacer política que nos enseñó Martí y que Fidel Castro ha
llevado a su plano más alto. Se trata de aplicar con inteligencia y
creatividad una política que permita reunir a las fuerzas más amplias y
diversas en el propósito de alcanzar la unidad de nuestras patrias y
lograr la ansiada independencia política y económica que los pueblos
reclaman con urgencia. Es el mensaje que la patria de Martí transmite al
mundo.

(Tomado de la Revista Bohemia)


Original Source / Fuente Original:
http://www.granma.cubaweb.cu/2013/01/04/nacional/artic01.html


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