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01/04/13 - Granma (Habana) - El Che sigue siendo mi Comandante

El Che sigue siendo mi Comandante

Freddy Pérez Cabrera

A Luis Emilio Monteagudo Arteaga le arde un fuego inapagable que le brota
por las pupilas cuando habla del Che. "El sigue siendo mi jefe", asegura
con firmeza, mientras contempla la solemne imagen del Guerrillero Heroico
en el nicho que guarda sus restos en el Complejo Escultórico que lleva su
nombre en Santa Clara.

Angalía guarda solemne respeto ante el nicho que atesora los restos del
Che.

"Lo conocí cuando entró en Cabaiguán al mando de la Columna Ocho Ciro
Redondo, y desde entonces no ha dejado de impresionarme. Aunque no
pertenecía a su gente, ese día marché junto a su tropa tratando de conocer
un poco más acerca de aquel argentino que andaba con un brazo en
cabestrillo, a quien sus soldados llamaban Che, y tras él llegué hasta La
Habana", expresa.

Después del triunfo, Monteagudo ingresó en el Ejército Occidental. Durante
la invasión por Playa Girón le correspondió encabezar una batería de 85
milímetros ubicada en Pinar del Río. Luego, por su comportamiento ejemplar
tuvo el honor de ser seleccionado como compañero de guerrilla del Che
durante la misión africana del héroe cubano argentino.

Dice con orgullo que fue el color de su piel lo que le abrió el camino
para acompañar a Ernesto Guevara, en 1965, a la riesgosa misión en el
Congo Belga.

"Recuerdo que antes de partir, en la despedida, Fidel nos dijo que íbamos
a tener un jefe muy querido y mucho mejor que él. Por eso, ya en tierras
africanas, en cuanto lo observé, a pesar de su transformación, supe que se
trataba del Che. Él estaba sentado en una piedra con una libretita, y lo
primero que hizo fue preguntarme el nombre, entonces dijo, te llamabas
Luis Monteagudo, ahora serás Angalía. Luego supe que en lengua Zwahili esa
frase significaba mirar bien.

"Era un hombre muy recto, pero también muy humano. Recuerdo que cuando caí
con paludismo, no se separó de mí un instante. Pero en cuanto mejoré, me
dio una cura de caballo: subir y bajar lomas para que la recuperación
fuera más rápida. Casi me muero", evoca Monteagudo.

Cuenta, que tras la experiencia en el Congo no volvió a verlo más. Sin
embargo, tenía la certeza de que el Che no se quedaría tranquilo e iría a
otro lugar de combate. Su muerte lo llenó de dolor e ira.

En octubre de 1997, cuando el regreso de su Comandante, Angalía estaba en
áreas del parque Leoncio Vidal, de Santa Clara, a la espera del cortejo.
"Nunca contemplé tanto silencio y respeto por un héroe", asegura. "Aquella
noche lloré como nunca lo había hecho en toda mi vida", recuerda.

Después no podía soportar la tentación de ir todos los días al mausoleo
donde se guardan los restos del Guerrillero Heroico y sus compañeros de la
guerrilla, hasta que un día solicitó trabajar allí como jardinero, labor
desempeñada con infinita pasión durante mucho tiempo. "Fue una forma que
encontré de estar cerca de mi jefe", expresa el modesto combatiente.

Cuentan los trabajadores del Complejo Escultórico, que muchas veces lo
sorprendieron parado frente al nicho que guarda los restos del Héroe de la
Batalla de Santa Clara, hablándole casi en un susurro. Nadie sabe a
ciencia cierta que le decía. Tal vez pedía una nueva orden o algún
consejo, porque para los hombres del Che, él continúa siendo nuestro
eterno Comandante de siempre.


Original Source / Fuente Original:
http://www.granma.cubaweb.cu/2013/01/04/nacional/artic06.html


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