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01/26/13 - Granma (Habana) - Martí es la fuerza salvadora

Eusebio Leal habla del Maestro

Ana Ivis Galán García y Lisandra Romeo Matos

Un tema urgente convocó la invitación y bien pronto, el doctor Eusebio Leal,
Historiador de La Habana y Profesor Emérito aceptó.  Le ocupan todo su tiempo el
trabajo, los deberes, sus anhelos y sueños, pero Martí le apasiona.

Intervendrá en la ya cercana Tercera Conferencia Internacional Por el Equilibro
del Mundo, del 28 al 30 de este mes, en el Palacio de Convenciones de La Habana.

-Una alta representación internacional distinguirá este evento.  ¿Por qué cree
usted que se ha logrado reunir tan excelsa participación?

A mí me parece que es resultado del trabajo consagrado y amoroso de Armando
Hart, al frente de la entidad que él dirige (la Oficina del Programa Martiano).

También es muy decisivo, yo diría que determinante, la importancia que le
otorgan Cuba y la intelectualidad de la Isla, y mundial, al pensamiento martiano
en este momento que vive el país y el mundo.

Martí es la fuerza salvadora, porque es el pensamiento más coherente.  Sus
ideas, fuente de inspiración, punto de partida y fundamento, junto a las de
Fidel y su visión del mundo futuro, de Cuba y de América, y de su sentido del
internacionalismo, son los dos pilares del arco sobre el cual se sostiene la
esperanza de nuestra nación.

-¿Cómo ve usted a Martí?  ¿Cómo debemos verlo los cubanos?

Ocurre que todos hemos contribuido, alguna vez, a convertir en mármol y bronce a
los héroes, a considerarlos puros e infalibles, hemos querido que sean la imagen
de nuestro ideal más que de la vida real.

Yo pienso que lo más hermoso de Martí es su sufrimiento agonal por su patria, la
incomprensión familiar, su fracaso matrimonial, sus problemas de salud que supo
enfrentar -pero que a veces fueron avasalladores-, y el deseo y voluntad de
unir.

A pesar de que algún contemporáneo ha señalado que era de carácter impositivo,
absolutista, irascible, pero es que para dirigir a un pueblo como el cubano en
aquellas terribles circunstancias, ¿hasta qué punto tenía que ser así?

No podemos imaginarlo desvanecido, oliendo el perfume de una rosa.  Tenemos que
verlo siendo así y a la vez expresando las más nobles emociones en su poesía
sentimental y amorosa, en sus cartas.

Fue Martí también como el poeta Rilke (Rainer María, quien fuera además
novelista austro-germano nacido en Praga, capital de la República Checa, y
reconocido como el más importante escritor en lengua alemana), herido por la
espina de la incomprensión, del chisme, de las habladurías, de la disolución de
las ideas.

Pero él es el Apóstol de la unidad, el que logra en principio ese objetivo,
aunque no consigue alcanzarlo.  Quizás el mérito más grande de Fidel como
martiano, al colocar en la base del proyecto del Moncada el pensamiento de José
Martí, es haber conquistado la unidad nacional.

De ella estuvieron privadas las generaciones anteriores.  Fuimos formados como
cespedianos, maceístas, agramontinos, martianos, y solo la Revolución hizo
posible experimentar ese sentimiento de unión y entender que todo el que sirvió
es sagrado, en especial el Héroe Nacional.

Por ahí está el concepto y la importancia de conocer su férrea voluntad.  Martí
muere como soldado de la Revolución que él mismo había convocado, cuando muchos
opinaban que debía irse de Cuba.  Es más, algunos creen que el sentimiento
mayoritario de los jefes principales indicaba que Martí era más útil allá que
aquí.

Y él discrepaba de eso, opinaba que en la Isla tenía una labor que realizar como
garante, como rehén político, para asegurar que nunca volvieran las oscuras
sombras del pasado y que la desunión no hiriera nuevamente a la Revolución.

Por eso quería ir a Camagüey, por ejemplo, y constituir allí un órgano político
y dinámico, ejecutivo, que fuese a la par de la guerra que debía ser generosa,
victoriosa y rápida, para impedir tres cosas: la movilización militar española,
que fue terrible, la mayor jamás vista en esta latitud del mundo y en lucha
contra todas las independencias juntas.

Segundo, la intervención norteamericana, alerta que dejó recogida en la carta a
su amigo Manuel Mercado cuando dice: "lo que hice hasta hoy y haré es para eso",
y en esta decisión fue absoluto.

Y lo tercero, el desgaste del pueblo y del ejército en una batalla que sería
sangrienta contra un adversario que no podía darnos democracia ni libertades,
porque era todavía el régimen despótico que privaba a su propio pueblo -el
español-, de esos derechos.

Martí se adelanta a todo ello, y va a la lucha y viene a su patria por eso,
contra muchos criterios.  Incluso, hay un momento en el que él dice: "vengo a
Cuba como preso" y añade: "y a que me echen fuera," porque se da cuenta que
todavía no ha calado ni cristalizado en todos la idea de que el camino era la
lucha armada.

En ello radica su extraordinaria genialidad.  La virtud que lo distingue de ser
uno más es la capacidad que tuvo de anticiparse a su tiempo, y para esa unidad
trabajó con fervor.

Luego, tristemente, vio cómo por hechos circunstanciales y cuestiones a veces
banales y por falta de comunicación, se empieza a romper ese cuadro.

-La Conferencia dedicará un momento especial a los jóvenes, nacionales y
extranjeros.  Si tuviera que extenderles un mensaje, ¿qué ideas, qué valores del
ideario martiano les transmitiría?

La juventud siempre está por conquistar, esa generación comprometida no es otra
cosa que la vanguardia, la punta de la flecha y, por tanto, le toca a ella, en
el vuelo, arrastrar el vástago y guiarse por el timón de las plumas.

Pero la juventud, aún la organizada, es solo la vanguardia, nunca una
organización de masas.

-¿Cómo transmitir, entonces, a esa multitud el sentimiento?, ¿cómo arrastrarla?,
¿cómo superar la decepción, el comercialismo, la invasión de la propaganda de
otras formas de vida, sin explicarles cuál es el precio que hay que pagar por
ellas?, ¿hasta qué punto nuestro discurso a veces resulta repetitivo, aburrido e
insufrible para los jóvenes?

Por eso existe la necesidad de un cambio de mentalidad y de renovación, sin
temor alguno, porque la Revolución ha sido lo suficientemente poderosa como para
resistir todo a cuanto se ha enfrentado.

Hoy existen condiciones internacionales en América Latina que son más
favorables, casi mucho más que en ningún otro momento.  Ahí están los pueblos
buscando cada uno su sendero y mientras más original sea, mejor.

-¿Y qué opina usted del aprendizaje que hace hoy la juventud cubana del ideario
martiano?

Entre las cosas en las que se debe profundizar y debemos cambiar está el trabajo
en la escuela, a todos sus niveles.

Mientras más se acerque a nuestros jóvenes a Enrique José Varona, a José de la
Luz y Caballero, al padre Félix Varela, estaremos más próximos al camino
verdadero.  Ellos fueron puntos de partida, los asideros morales de Martí.

Es importante, también, tener clara la idea de que el maestro no suple a la
familia, esa célula que hoy todavía tiene muchos problemas de disgregación y de
autoridad para educar en la casa, lo cual se refleja en las manifestaciones de
grupos gregarios y las llamadas tribus urbanas.

Fenómenos que no me asustan, porque ese es un mundo a conquistar más que a
condenar.  Es más fácil quemar que educar.  Yo siempre insisto en que no debemos
dejar de hablar, de enseñar y de sumar.

Igualmente, de parte de los jóvenes tiene que haber un interés por el saber y la
búsqueda constante de la verdad.  No se pueden conformar con lo que oyeron o les
contaron, tienen que investigar y leer.

Por eso digo: un Martí fragmentado no.  Vamos a descubrir al patriota, al amigo,
al orador político, al hombre de amores, al hijo doloroso, quien a pesar de
todas las incomprensiones logró conquistar a su padre, hombre rudo con el que
supo establecer, sin embargo, una comunicación tal que lo llevó a escribir: "Mi
padre ha muerto y con él, parte de mi vida".

Hay que leer, revisar su epistolario, como el que dedicó a su madre que siempre
fue sufrimiento y dolor, y a quien redactó la carta más bella que nunca se
escribió: "Hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensado en
usted".

Fue Martí, además, padre espiritual de muchos.  Ahí están los mensajes a su
hijo, a la niña María Mantilla.  Estudiemos su obra toda y hagámoslo sin
prejuicios, sin olvidar nunca que él, como nosotros, fue un hombre, un ser
humano sujeto a error, a equivocaciones, y que hizo malas elecciones.  Pero hay
que indagar, para ver que en esa búsqueda de su humanidad está la verdadera
grandeza de Martí.

Creo que los jóvenes tienen esa posibilidad.  Nosotros hemos tenido la fortuna
de conservar siempre en la intelectualidad cubana verdaderos martianos,
extraordinarios, como Cintio Vitier, un gran maestro de generaciones y quien, a
diferencia de muchos, mientras se hizo más maduro, más viejo, fue más radical y
revolucionario.

Para mi generación, que estaba desprovista de toda oportunidad de alcanzar
grandes objetivos, no existía el camino expedito, pocos llegaban a ser algo y si
lo lograban era con mucho trabajo e infinitos esfuerzos.  Fue la Revolución la
que abrió todas las posibilidades y entre ellas el don inefable de la cultura.

No olvidemos la idea de Fidel cuando dijo algo que es una gran verdad: "las
revoluciones solo son hijas de la cultura y de las ideas".  Si no hay cultura no
hay nada que hacer.

Y sin que caiga yo en el hábito mezquino y viejeril de empezar a decir que los
jóvenes de hoy están perdidos o no les interesa nada, sí noto que falta más por
hacer y una mejor propaganda.

Se necesita que el liderazgo de la vanguardia aliente a los demás a la altura, a
los conciertos, a la comunicación, a la meditación, dentro de una sociedad
plural que es, hoy, menos hermética y donde tienen cabida todos los matices del
ser, de la opción y del género.

(Fragmentos de la entrevista realizada por la AIN)


Original Source / Fuente Original:
http://www.granma.cubaweb.cu/2013/01/26/nacional/artic02.html


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