Home
Home | Search | Login
Hoy May 20, 2013, 8:17 am Havana time.
Hide Menu
SEARCH NEWS
    Language:
01/29/13 -  Cubarte (Habana) - Luces de José Martí para el socialismo

Luis Toledo Sande Cubarte

Textos de interés directo para el tema planteado en el título escribió José Martí
desde su estancia en México (1875-1876), donde -inicio de un camino en el cual
experimentó una rica evolución- se relacionó activamente con la prensa obrera y
organizaciones de ese carácter.  Pero los presentes apuntes, ni con mucho
exhaustivos, se basan centralmente en páginas posteriores, distanciadas entre sí por
una década, pero unidas por el tema abordado: una reseña, en la revista neoyorquina
La América de abril de 1884, sobre "La futura esclavitud", del británico Herbert
Spencer, y una carta de mayo de 1894 a su compatriota y amigo Fermín Valdés
Domínguez.  Las dos contienen reflexiones sobre lo que en ambas Martí llama "la idea
socialista", y lo publicado en la revista parece prolongarse en la intimidad
epistolar.  No hay que asombrarse por ello: nexos similares aparecen entre numerosos
textos de la obra martiana, signada por la coherencia y la organicidad.  Desde el
inicio de la reseña brota la diferencia de perspectivas entre Spencer y Martí, quien
afirma que aquel pensaba "a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la
gente baja".  Y esto de "la gente baja" se comprende tanto mejor según se aprecie que
en la reseña, más que citar, el periodista parafrasea al autor de la obra comentada,
que ubica en contexto y linaje: "Todavía se conserva empinada y como en ropas de lord
la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y carácter,
la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por la
profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho".  Y enseguida se
siente la voz de Martí: "Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente
desconocido por ellos".

No sugiere que Spencer fallaba en todo; pero le reprueba su perspectiva
aristocrática, asociada al individualismo y al positivismo.  En los límites de este
último "la ciencia, insecteando por lo concreto, no ve más que el detalle", se lee en
el elogio que dos años antes había hecho Martí a la integradora espiritualidad del
pensador estadounidense Ralph Waldo Emerson.  Sin embargo, cabe estimar que el cubano
compartía con el británico el deseo de que "el alivio de los pobres" no se trocara en
"fomento de los holgazanes", solo que, entre las motivaciones por las cuales el
positivista escribió "La futura esclavitud", estuvo su rechazo a la construcción, por
vía estatal, de viviendas para los menesterosos, rechazo que Martí no compartía.

Spencer , identificado con un evolucionismo que engullía los valiosos aportes de
Charles Darwin para ponerlos al servicio de los más fuertes económicamente en la
urdimbre de las clases sociales, temía a la burocracia, peligro presente en la
organización moderna de la sociedad, tanto más cuanto mayor sea la centralización que
la rija.  Glosando esa parte del tratado spenceriano, Martí comenta: "Con cada nueva
función, vendrá una nueva casta de funcionarios.  Ya en Inglaterra, como en casi
todas partes, se gusta demasiado de ocupar puestos públicos, tenidos como más
distinguidos que cualesquiera otros, y en los cuales se logra remuneración amplia y
cierta por un trabajo relativamente escaso: con lo cual claro está que el nervio
nacional se pierde".

Por la aceptación que enfatiza, y hasta por el tono, la conclusión que sigue a esas
palabras puede atribuirse al propio Martí: "¡Mal va un pueblo de gente oficinista!"
La advertencia sigue siendo válida, dado el peligro que revela; pero en otras
circunstancias el trabajo de naturaleza social, o contratado y remunerado
estatalmente, puede verse en desventaja, y en consiguiente desdoro, frente a los
réditos de la iniciativa privada, llámesele como se le llame, y más aún si ella se
beneficia del autoritarismo y de hábitos corruptos que, vertiendo sombras desde la
administración estatal, pueden minar el organismo de una nación.

Spencer, como si se tratara de una realidad consumada, o en crecimiento, repudiaba la
burocracia y la consiguiente casta funcionaresca, de sesgo parasitario -germen para
la corrupción, agréguese-, que él veía formarse o temía que se formara en Inglaterra.
Pero allí no se ensayaba en realidad algo que en justicia pudiera llamarse
socialismo, aunque, en el fondo, el célebre positivista le temiera a ese "fantasma".
Impugnaba la intervención del Estado -específicamente el que él conoció, nada
socialista, sino capitalista, cualesquiera que fuesen sus investiduras formales y la
fase de su desarrollo- en la administración de los recursos, y en la solución de
problemas sociales básicos.

Quienes han estudiado con seriedad la reseña han visto en ella a Martí levantado
frente, o contra, "los fantasmas ideológicos" de Spencer, como ha hecho Rafael
Almanza Alonso.  Martí discrepaba del liberal burgués, y no es fortuito que, al
comentar su texto, alabara al Henry George que por entonces predicaba en los Estados
Unidos "la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación", como bien de
naturaleza pública.

Veamos, señalados por Martí, algunos de los elementos que muestran la orientación de
Spencer: "El día en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los
edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el
fabricante único el Estado".  Ese argumento, declara sin rodeos Martí, "aunque viene
de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies", como tampoco este otro:
"el día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas
las industrias relacionadas con estos, y se entrará a rivalizar con toda la
muchedumbre diversa de industriales".  Tal "raciocinio, no menos que el otro,
tambalea", asegura Martí, quien expone el porqué, con razonamiento que no es del caso
interpretar ahora.

Spencer repudia como socialismo una forma de capitalismo de estado, al que no debe
parecerse más de lo inevitable ningún proyecto que aspire a abrirle caminos a la
realización de metas justicieras inalcanzables sin plena participación popular.  Y
ese continúa siendo un reto, en primer lugar, para el socialismo, que debe combinar
ideales colectivos y vibraciones individuales, y no olvidar que estatal no es
necesariamente un sinónimo pleno de social .

Martí afirma que Spencer teme "el cúmulo de leyes adicionales, y cada vez más
extensas, que la regulación de las leyes anteriores de páuperos causa".  Para valorar
lo que ese criterio de Spencer merecería a los ojos de Martí, conviene tener presente
lo que este sostuvo en el artículo "A la raíz", publicado en Patria el 26 de agosto
de 1893: "A la raíz va el hombre verdadero.  Radical no es más que eso: el que va a
las raíces.  No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo.  Ni hombre,
quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres".

En 1884 situó los temores de Spencer en un contexto donde "se quieren legislar las
formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es
en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven
las gentes bajas de las grandes poblaciones".  Martí, con la vista puesta en el
bienestar común, sostiene que a salir de tal miseria, "con costo que no alejaría por
cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que
Spencer exagera", podrían ayudar a los pobres "las casas limpias, artísticas,
luminosas y aireadas" que se debía tratar de facilitar por vía estatal a los
trabajadores, algo a lo cual se oponía Spencer.

El autor de "La futura esclavitud" veía como un peligro la aspiración que Martí
estimaba justa, "por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y
a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia.  A
más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase solo de darles habitaciones
buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas".

La armazón teórica construida por Spencer contra la democratización que él estimaba
en marcha, y nociva, sería -acota Martí- un edificio, "de veras tenebroso, y
semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la
decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en
compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano".  Una de las tareas
que acaso el espíritu justiciero tenga pendiente, aún hoy, consistiría en estudiar
hasta qué punto, además de imponerle desventajas tecnológicas y aislamiento, los
contextos donde el socialismo se ha intentado llevar a cabo lo han contaminado con la
herencia del llamado modo de producción asiático.  El socialismo emancipador,
democrático y participativo que urge edificar, deberá estar libre de todo cuanto -en
pasado, presente o futuro- huela a comunidad sometida, aunque sea mínima o
remotamente.

José Carlos Mariátegui, eminente marxista peruano, buscaba raíces culturales para el
socialismo -que debía ser, dijo, fruto de la creación heroica, no calco ni copia- y
veía una posible referencia para ese sistema en el comunitarismo campesino del Perú
incaico.  Martí, por su parte, pensaba en un sentido de participación popular que
trasladó incluso, en plena campaña por la independencia, a su proyecto de fundación
de la República en Armas.  Nada de comunidad pasivamente resignada a decisiones
venidas de las alturas.  El 24 de enero de 1880, ante compatriotas emigrados que se
reunieron en el Steck Hall neoyorquino, expuso con claridad meridiana su criterio de
una verdad que "ignoran los déspotas": "el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero
jefe de las revoluciones".

Ese criterio debe ubicarse en su creciente conocimiento del mundo, en lo cual lo
favoreció su forzada estancia de cerca de quince años en Nueva York, desde donde
observó el devenir de los Estados Unidos y el del planeta.  Frente a quienes
pretendían confundir al pueblo con el lumpen desorientado o arrastrable, denunció
-especialmente en su crónica "Un drama terrible", sobre los sucesos acaecidos en
Chicago entre 1886 y 1887, que dieron origen a la celebración internacional del Día
de los Trabajadores- la violencia con que en aquel país se castigaba a "las masas
obreras" levantadas para reclamar sus derechos.

Con respecto al linchamiento de obreros justificado con argucias legales, en la
citada crónica escribió que a la república, tornada de clases y cesárea -como dijo en
otras páginas- la amedrentaba "el deslinde próximo de la población nacional en las
dos clases de privilegiados y descontentos que agitan las sociedades europeas".  Ante
esa realidad, el sistema "determinó valerse por un convenio tácito semejante a la
complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos tanto como del fanatismo de
los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que
jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes".

Pero, v olviendo a Spencer, no está de más oír las "razones" del diablo.  Aquel
señalaba un peligro que no se debe ignorar, y así lo tradujo Martí: "¿Cómo vendrá a
ser el socialismo, ni cómo este ha de ser una nueva esclavitud?  Juzga Spencer como
victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores
de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el
socialismo [ ese 'socialismo' , habría que precisar], nacida de todos los pensadores
generosos que ven cómo el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear
mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz
que quitar motivo al descontento".  Al exponer las aprensiones de Spencer, Martí
intercala puntos de vista propios, opuestos al evolucionista aristócrata: simpatía
por "las clases llanas", identificación con "los pensadores generosos" que las han
apoyado, solidaridad con "el justo descontento" de aquellas.

Con la brújula de su sentido ético denuncia que Spencer apunta "las consecuencias
posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa
dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a
los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza
pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente
en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre
en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con
las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas".

Frente a eso, Martí se yergue resueltamente más allá de lo tocante a construir
viviendas para menesterosos: "Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela!
Que el que consuela, nunca yerra".  Ello recuera la ya aludida carta de mayo de 1894,
también escrita en Nueva York, y que parece responder a una motivación que deberá
tenerse presente al leerla: el ofrecimiento informativo, por parte de Valdés
Domínguez, sobre la celebración en Cuba, ese año, del Día de los Trabajadores, a lo
que se estaría refiriendo Martí cuando expresa: "Muy bueno, pues, lo del 1° de
Mayo.-Y aguardo tu relato, ansioso".  La confesa ansiedad ratifica la coincidencia
que, en cuanto a ideas, Martí le ha venido enfatizando al amigo en la carta: "Una
cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas, y tu respeto de
hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquel, un
poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las
cosas de este mundo".

A esas palabras añade: "Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o
aquella verruga que le ponga la pasión humana".  Y en lo que sigue parece asomar el
recuerdo de su crítica a Spencer: "Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas
otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:-y el de la soberbia
y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan
por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los
desamparados".

Además de hablar de "la idea socialista" como en la reseña de "La futura esclavitud",
hace recordar lo dicho allí acerca de "los buscadores de popularidad".  Son los
oportunistas, a los que no parece inmune ningún empeño justiciero, por muy honrado
que sea, como tampoco a las lecturas mal digeridas, que no son responsabilidad de los
textos, sino de quienes los asumen.  Pero Martí, lector voraz si los ha habido, no
ponía texto alguno por encima de la vida, y esa actitud fortaleció luminosamente su
pensamiento.

Aunque sea de modo somero, valdría recordar una generalización que hizo a partir de
lo que observaba en su entorno estadounidense, donde, muerto en 1883 Carlos Marx -a
quien entonces él dedicó un conocido obituario-, hasta Federico Engels señalaba desde
Europa flaquezas en la recepción de un real o supuesto marxismo por parte de líderes
de la agitación social.  En crónica publicada el 20 de febrero de 1890 en La Nación
bonaerense, escribió Martí: "Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide
diversos grados de la medicina, según falte este u otro factor en el mal, o medicina
diferente.  Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin.  Las reformas que nos
vengan al cuerpo"; y agregó: "Asimilarse lo útil es tan juicioso, como insensato
imitar a ciegas".

A esas advertencias, que siguen siendo válidas para el socialismo, se suman otras
implícitas en la carta a Valdés Domínguez.  En una intervención pública, citada aquí
de memoria, un intelectual patriota y católico como Cintio Vitier agradeció a Martí
el llamamiento a resolver la necesidad de justicia "en la administración de las cosas
de este mundo", único que conocemos y en el cual podemos influir, precisó el autor de
Martí en la hora actual .  Fallaríamos ante las urgencias de ese mundo, este , si nos
atascáramos en discusiones sobre "el otro".

Pero no saldrá sobrando decir que eso no invita a la disolución del pensamiento en un
relativismo irracional sin riberas, mudo ante manipulaciones dolosas de credos, ni a
olvidar un juicio como el que Martí expresó en carta del 26 de noviembre de 1889 a su
amigo Manuel Mercado, depositario de tanta confesión suya: "Va el deber del artículo
laborioso, y no el gusto de la carta, porque le quiero escribir con sosiego, sobre mí
y sobre La Edad de Oro , que ha salido de mis manos-a pesar del amor con que la
comencé, porque, por creencia o por miedo de comercio, quería el editor que yo
hablase del 'temor de Dios', y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el
espíritu divino, estuviera en todos los artículos e historias.  ¿Qué se ha de fundar
así en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras?  Ni
ofender de propósito el credo dominante, porque fuera abuso de confianza y falta de
educación, ni propagar de propósito un credo exclusivo".

Tras la historia de errores, deficiencias y traiciones que echaron abajo al
socialismo que, tenido en Europa por real -sinónimo a la vez de verdadero y de
monárquico -, puso en quiebra, hasta llevarlas a la derrota, las dignas aspiraciones
socialistas originarias, adquieren renovado valor las luces aportadas por Martí.
Aunque no hayan faltado ni falten dignos afanes de lealtad teórica y práctica al
socialismo, ni replanteamientos creativos como el promovido en nuestra América con el
nombre de socialismo del siglo XXI , a veces parece haber caído en descrédito hasta
el término socialismo , con otros asociados a él.

Por ese camino, aunque las clases sociales continúan existiendo como base de la
estructura de desigualdades e injusticias en el planeta, parecería que hubieran
desaparecido ya, si nos atenemos al silencio que el lenguaje contemporáneo tiende
sobre esa realidad, cuando la violencia revolucionaria está condenada como terrorismo
y la reaccionaria está de moda y se televisa como un espectáculo.  ¿A quién conviene
eso?  ¿A quienes sufren en carne propia las injusticias, o a quienes medran con ellas
y procuran impedir la lucha entre las clases para que las privilegiadas mantengan su
posición?

De asumir la ambigüedad -uno de los términos caros a ciertos posmodernos- se pudiera
hasta considerar incontestable este veredicto: con las banderas del socialismo nada
bueno se ha hecho ni pudiera hacerse en el mundo.  ¿No abundan, sin que tengamos que
ir demasiado lejos para saberlo, voces que propagan ese dictamen o lo calzan de
distintos modos?  Tal vez no esté de más retener, por si acaso, hasta como táctica
para la sobrevivencia ideológica, el reclamo de defender la justicia verdadera "con
este nombre o aquel", aunque tampoco se trate de echar por la borda el vocablo
socialismo y la historia vinculada con él.

Algo más, entre otros elementos, cabe también valorar en la carta, y es la esperanza
que Martí expresa con respecto a Cuba ante lo que en otras latitudes han sido
peligros para "la idea socialista": dice que "en nuestro pueblo no es tanto el
riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural".  Como la
carta está escrita en los Estados Unidos, país donde Martí estuvo al tanto del rumbo
que seguían la violencia opresora y los voceros de la justicia social, se podría
pensar que solo a ese país concierne lo de "sociedades más iracundas, y de menos
claridad natural".  Pero la expansión del socialismo en Europa escasas décadas
después de escrita aquella carta, y la todavía hoy reciente debacle socialista en ese
continente, con conocidas consecuencias de todo tipo, cruentas venganzas incluidas,
ensanchan el alcance de las palabras de Martí, no por gusto escritas en plural.

Con todo, lo determinante para aquilatar tanto la carta al amigo entrañable como la
reseña sobre el texto de un autor lejano, estriba en la eticidad del activo dirigente
revolucionario, quien rotundamente le escribió a Valdés Domínguez en términos que
parecen retomar el final de la crítica a Spencer: "explicar será nuestro trabajo, y
liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia
por los modos equivocados o excesivos de pedirla.  Y siempre con la justicia, tú y
yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar
de su defensa".

Esa es, objetivamente, aunque no fuera su intención, una luz cardinal que ofrece
Martí para los afanes de construir el socialismo, sistema que aún no se ha visto
realizado plenamente en ninguna comarca del planeta.  Pero en su legado esa luz se
nutre de otras que también constituyen faros, empezando por la que él tuvo como
rectora de sus actos: la ética.  Echar la suerte con los pobres de la tierra,
voluntad que le brotó del alma en sus Versos sencillos , no fue para él una hipócrita
declaración, como lo era, lo es, en quienes oportunistamente buscaban o buscan
popularidad, "hombros en que alzarse".

La expresión de su voluntad encarnó en una conducta cumplida.  No cultivó la miseria
ni la consideró una aspiración que valiese la pena; pero cabe decir que optó por ser
pobre, y vivió austeramente, entregado a la lucha que preparó y en la cual cayó
combatiendo.  Tenía derecho moral para reaccionar ante lo que le pareciera ajeno a
esa conducta, aunque lo detectara en un héroe extraordinario dispuesto igualmente a
morir y admirado por él, pero cuya silla de montar en campaña veía adornada con
estrellas de plata.

Algún personajillo carente de elegancia habrá intentado, gusaneando por la abyección
propia, burlarse, con efecto bumerán, de honrados estudiosos que -como José Cantón
Navarro o Paul Estrade- han esclarecido la relación de Martí con los trabajadores.
Pero él vio en ellos "el arca de nuestra alianza", y quiso que en su seno tuviera la
fragua fundacional el Partido Revolucionario Cubano.  No es un hecho aislado esta
previsión: "Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente,
sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres".  Lo afirmó en
"¡Vengo a darte patria!", artículo publicado el mismo día, 14 de marzo de 1893, y en
el mismo rotativo, Patria , en que apareció "Pobres y ricos", otro de sus textos
relevantes para el tema.

El sentido de aquella declaración la explican en profundidad los orgánicos nexos
implícitos entre ella y la que hizo pública el 24 de octubre de 1894, en Patria
igualmente, en un artículo cuyo título, "Los pobres de la tierra", remite por derecho
a Versos sencillos .  En el periódico expresa: "En un día no se hacen repúblicas; ni
ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que,
en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y
entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el
género humano".

Menos de seis meses después se incorporó a la guerra que había preparado, y en la
cual se dio a organizar lo que en sus palabras y en su afán consciente debía ser la "
Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible, para elegir el gobierno
adecuado a las condiciones nacientes y expansivas de la revolución".  Sería una
reunión de representantes, lo dijo también, de "las masas cubanas alzadas", no un
foro de enviados de los jefes.  Y el gobierno, a la vez que respetar las necesidades
y exigencias de la lucha armada, debía tener el funcionamiento y el espíritu
republicanos que sirvieran de garantía para la república que se fundara en la paz.

De 1884, el mismo año en que escribió el primero de los textos que han dado base a
las presentes cuartillas, es la carta, fechada 20 de octubre, en la que le expresó a
Máximo Gómez: "Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento".  Sus
ideas sobre la República en Armas y la que debía amasarse desde entonces para el
futuro, muestran asimismo su comprensión de que un campamento y un pueblo tampoco se
dirigen de igual modo.  Su muerte en combate, y luego la intervención, que él había
querido impedir, de los Estados Unidos, frustraron la revolución que él concibió y
que, debido a esas trágicas circunstancias -y al papel de celestinos con que apoyaron
al colonialismo español y al imperio estadounidense en ascenso los "prohombres"
antipueblo a quienes refutó en su carta póstuma a Manuel Mercado- quedó pospuesta,
para decirlo con un título feliz de Ramón de Armas.

Frustrados, derrotados, traicionados o sometidos a obstáculos tremendos -y también,
por tanto, pospuestos- se han visto en el mundo históricamente los más sembradores
afanes de justicia, que, llámense "con este nombre o aquel", han braceado en lo que
el propio Martí denominó "lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la
libertad y la soberbia".  Pero ante esa realidad únicamente son dignos de imitar
ejemplos como el de los cristianos honrados y tenaces a quienes los siglos,
numerosos, en que la prédica de Jesús ha sido negada y burlada - incluso, o sobre
todo, por muchos investidos de jerarquía y autoridad para representarla y defenderla
- no los han hecho desertar de las ideas justicieras del cristianismo originario.  Su
persistencia es aliento para todos los afanados en la búsqueda de la equidad y la
emancipación sociales, cualesquiera que sean sus credos, incluyendo a quienes
califican como no creyentes pero también creen en ideas terrenales que sería criminal
abandonar.

En ese camino se inscriben las luces de Martí para el socialismo, y en una verdad que
brota de el las mismas y permea otras.  No es cuestión de citar desgajadamente sus
textos, ni de buscar en qué medida nos parecemos a él, afán en el que pudiéramos
acabar culpándolo de nuestros errores.  Sería necesario, y acaso hasta más fértil,
valorar en qué podría impugnarnos, aunque vivamos otros tiempos.  En carta del 11 de
abril de 1895 a Bernarda Toro, la compañera de Máximo Gómez, escribió: "El mundo
marca, y no se puede ir, ni hombre ni mujer, contra la marca que nos pone el mundo".
Pero encarnó la voluntad de no resignarse ante los hechos incompatibles con la
justicia, aunque se tratara de nada menos que del surgimiento de una potencia
imperialista arrasadora.

Sería fallido, y del todo innecesario, inventar un Martí socialista; pero también lo
sería inventar el Martí antisocialista que no fue, de lo cual dan prueba sus propias
palabras, digan lo que digan ciertos olimpos de pisapapel empeñados en torcerlas para
esgrimirlas como arma contra el socialismo.  A raíz del desguace del campo socialista
europeo, y en medio de las vicisitudes que ese hecho generó para Cuba, se volvió una
especie de moda distribuir en impresiones artesanales o ligeras, como texto
"clandestino", la reseña de Martí sobre "La futura esclavitud", aunque tal vez no
haya en sus Obras completas , donde ha ocupado y ocupa el lugar que le corresponde,
otro texto que de manera tan sugerente y a la vez directa le sea útil al socialismo.

Alguna vez, al calor de responsabilidades profesionales, el autor de estos apuntes
planeó formar, con el título Los pobres de la tierra , un cuaderno de páginas de
Martí entre las cuales sobresaldrían la reseña de "La futura esclavitud" y la citada
carta a Valdés Domínguez, junto a otros escritos, algunos ya recordados, como el que
le daría nombre al volumen.  Las circunstancias mágicamente denominadas período
especial impidieron la realización de ese proyecto, que valdría la pena, o la
alegría, retomar.

Más allá de puntillas textuales, hay una verdad que convoca: en sus circunstancias,
el proyecto de liberación nacional de Martí no era ni podía ni tenía por qué ser de
carácter socialista; pero un proyecto socialista legítimo, especialmente en Cuba o en
nuestra América, núcleos de sus meditaciones y destinatarias de sus actos, está
llamado a ser martiano, o no sería socialismo.  De ahí, en el siglo XIX, el acierto
de activistas obreros que lo siguieron, como José Dolores Poyo, a quien en carta del
16 de noviembre de 1889 le escribió: "El corazón se me va a un trabajador como a un
hermano", o el marxista Carlos Baliño y el socialista Diego Vicente Tejera, amigos
personales y colaboradores suyos los tres en el Partido Revolucionario Cubano.

No habrá justicia verdadera, ni política plenamente honrada y popular - sinceramente
democrática , parafraseando una aspiración que él plasmó en las Bases de aquel
sembrador Partido-, sin la consistencia ética de quien echó de veras su suerte con
los pobres de la tierra.  Siempre vendrá bien recordarlo, y de manera especial cuando
están de marea alta el pragmatismo y criterios como que el igualitarismo es inviable.
Ciertamente no debe confundirse con la justa igualdad; pero, aun así, antes de
echarlo por la borda y olvidarse de él y, al paso, de la igualdad misma, habría que
ver si el igualitarismo ha sido plenamente aplicado en algún lugar del mundo.  En
todo caso, está en pie lo expresado por Martí en un apunte que se lee entre los
Fragmentos de sus Obras completas .  Refutando mistificaciones dirigidas, vía
racista, a fundamentar la desigualdad entre los seres humanos, sostuvo esta
generalización: "se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que
lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificación de la desigualdad, que
en el gobierno de los hombres es la de la tiranía".

Fuente:
http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/luces-de-jose-marti-para-el-socialismo/24085.html


CUBA-L FAIR USE NOTICE

This server contains copyrighted material the use of which has not always been specifically authorized by the copyright owner. We are making such material available in our efforts to advance understanding of Cuba's political, economic, human rights, international, cultural, educational, scientific, sports and historical issues, among others. We distribute the materials on the basis of a 'fair use' of any such copyrighted material as provided for in section 107 of the US Copyright Law. In accordance with Title 17 U.S.C. Section 107. The material is distributed without profit. The material should be used for information, research and educational purposes. For more information go to: http://www.law.cornell.edu/ uscode/17/107.shtml.