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02/04/13 - Rebelión (Madrid) - Fidelismo y democracia

Ricardo Ronquillo Bello Rebelión

Unas veces se presenta a los cubanos como un pueblo esclavizado, y en otras
fanatizado. La manipulación incluso terminó por convertirse en táctica
política de algún sector reaccionario dentro de Estados Unidos, para el
cual la llamada "solución biológica" es la mejor apuesta, pensando en el
derrocamiento de la Revolución.

Para esos apostadores, la desaparición física de los "hermanos Castro"
-como suele llamarlos la prensa occidental dominante-, y con ella de la
denominada generación histórica, tendría el mismo efecto "fulminante" que
el de una victoria de su 82 División Aerotransportada, en el supuesto de
que pudieran derrotar el concepto de resistencia de Cuba , basado en la
Guerra de Todo el Pueblo.

Según la "lógica" de esos analistas, con la muerte de un hombre llegaría
también el entierro del proyecto que encabeza. No por gusto la propaganda
contrarrevolucionaria, al mejor estilo de Goebbels, machaca sobre el
carácter de dictadura del proceso político cubano.

En su retórica contra la Revolución, sus enemigos han tratado siempre de
presentarla desinstitucionalizada. Durante años, según ese discurso, en
Cuba no existió un modelo social democrático, ni elecciones libres, ni
Estado de derecho, ni Parlamento.

Para sus binoculares de doble rasero ningún paso del país después de 1959
se ha realizado dentro de la Ley, con lo cual ignoran que una de las
principales preocupaciones de la Revolución, tras la toma del poder, fue
precisamente la formación institucional de la nación, a cuya maduración
apuesta con énfasis el proceso de actualización en marcha ahora en el país.

Pero a la institucionalidad burguesa le era y es difícil refrendar que la
contraparte fundada en Cuba rompió con ella y con todo lo que había
conocido el país, e incluso buena parte del mundo, hasta ese entonces.

En el nuevo proceso y la constitución socialista que lo sostiene se
fundieron lo mejor de las tradiciones y la historia nacionales, con las
corrientes más modernas y avanzadas internacionalmente, buscando romper
definitivamente con el "orden" que durante más de 50 años caotizó al país
en lo político, económico y social.

Los historiadores más objetivos reconocen que la experimentación
democrático-burguesa tuvo su punto final en el ar chipiélago con la gran
decepción en la que lo sumieron los denominados gobiernos Auténticos. Estos
últimos, autoproclamados herederos de los anhelos de la Revolución de 1930
-un levantamiento popular que culminó con el derrocamiento de la dictadura
de Gerardo Machado- terminaron por empujar al país hacia un abismo
insalvable de entreguismo político a los intereses norteamericanos,
corrupción generalizada, dolorosos males sociales y hasta contubernio con
poderosos grupos gangsteriles que soñaban con levantar en Cuba una "isla
del placer".

El nombrado modelo seudorrepublicano desbordó su copa con el golpe de
Estado del general Fulgencio Batista. Este cuartelazo, afirman
historiadores, fue el punto de ruptura, pues marcó el fin del
multipartidismo (piedra preciosa de la llamada democracia liberal
burguesa), como opción política en la Isla.

Ya este le había dado a la nación todo lo que de él podía esperarse, y con
esa decepción se levantaban los ardores de la Generación del Centenario
que, inspirada en José Martí y encabezada por Fidel Castro, condujo al
triunfo del primero de enero de 1959.

El primer gran encontronazo entre el proceso revolucionario naciente y la
oligarquía nacional aliada a Estados Unidos ocurrió precisamente al
aprobarse la Primera Ley de Reforma Agraria. Las nuevas leyes y el nuevo
orden en fundación, con su inconmensurable contenido social, se situaban
verticalmente frente a los peores intereses que habían desgobernado la
república mediatizada.

Desde ese momento, nada de lo que fue Ley en Cuba resultó legal para la
burguesía derrotada y sus sostenedores, los sucesivos gobiernos
norteamericanos. Una de sus principales apuestas fue, y sigue siendo,
presentar un país sumido en la ilegalidad, a pesar de que, ahora mismo, por
ejemplo, están en marcha unas elecciones en las que se espera participen la
mayoría de los ciudadanos con derecho al voto, expresión de apoyo a su
modelo democrático.

Las campañas olvidan además que el espíritu y la letra de la Constitución
socialista cubana recibieron en 2002 un espaldarazo mayor, cuando el 99 por
ciento de los ciudadanos refrendó su perdurabilidad. Todavía tratan de
explicarse la insólita dimensión de esa cifra, que le ofrece al país un
altísimo nivel de consenso político.

Tal vez sea muy difícil entender la dinámica de la Revolución cubana. Hasta
a quienes la construyen les resulta difícil, en ocasiones, asumirla en
todas sus dimensiones coherentes o contrapuestas. Lo indudable es que
quienes acudieron a los referendos de 1976 y 2002, y quienes participan de
los comicios generales de este domingo, asumen un acto de plena madurez y
un ejercicio ciudadano absolutamente libre, responsable y cuerdo.

En es os actos no solo quedó plasmada la satisfacción por la obra forjada
por el socialismo durante su existencia, sino también la inconformidad con
sus defectos, discutidos en los más diversos debates, como los que
acompañaron la discusión de los Lineamientos de la Política Económica y
Social del Partido y la Revolución aprobados en el VI Congreso del Partido.

El socialismo cubano se las ha arreglado hasta hoy para ser dialécticO y
potencialmente capaz de enfrentar sus contradicciones sin renunciar o
sacrificar fundamentos.


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