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02/08/13 - Juventud Rebelde (Habana) - Alegres, pero respetuosos

Heriberto Cardoso Milanés o 7 de Febrero del 2013 20:49:50 CDT

Alguien me dice que tiene "los vecinos más contentos del mundo.".

-¡No es posible! -le respondo.

-¡Claro que sí! -insiste. Son personas que viven en mi barrio y conectan
las bocinas de su equipo de música prácticamente las 24 horas del día, a
todo volumen. ¡Y no dejan dormir a nadie o siquiera ver un programa en la
TV! Hablamos con ellos en más de una ocasión, nos hemos quejado al Consejo
de Vecinos, en la reunión del CDR. ¡Y nada! Tragos, música, una discusión o
bronca de vez en vez. Solo nos falta ir a la Policía.

-En algo te equivocas. -vuelvo a la carga. Porque yo tengo otros vecinos
que son iguales o más contentos que los tuyos.

Lo cierto es que aquella persona, nosotros, usted, casi todos, pudiéramos
tener vecinos con esas características; compatriotas que no son mala gente,
incluso, pero que no guardan la más mínima consideración con otros que
trabajan, están enfermos o cuidan de pequeños o ancianos que requieren un
ambiente apacible y les asiste el derecho a la tranquilidad.

La agresión sonora -o hiperdecibelia, como la ha calificado el colega José
Alejandro Rodríguez- se ha vuelto tópico recurrente en el debate de un
tiempo a la fecha. Tal interés quizá se explique a partir de un visible
incremento de manifestaciones de indisciplina social como las descritas,
además de una mayor sensibilidad ciudadana con el tema, la cual no siempre
llega a concretarse en acciones comunitarias o la asunción de medidas
administrativas o legales para cortar el paso al nocivo fenómeno.

Se trata, sin duda, de un problema de educación que entorpece la
convivencia en el entorno social más próximo, ámbito donde nadie -léase
también una entidad o empresa- tiene derecho a molestar al de al lado con
el pretexto de que "todos merecemos divertirnos en la forma que más nos
plazca", sin tener en cuenta que de ese modo se viola groseramente la
necesidad que también asiste a otros de llevar una vida placentera y sin
molestias.

Y no son pocas las ocasiones en que los bafles son situados en una acera, o
se parquea un automóvil en plena calle con las reproductoras "ladrando" sus
decibeles, o en que más de un "guaposo", autor del escándalo, alardea y
desafía la paciencia de quienes tratan de evitar cualquier incidente.

Existen reglas de urbanismo, normas de comportamiento que regulan horarios
y mecanismos para celebrar actividades festivas u otros eventos; derechos y
deberes de los miembros de una comunidad, medidas legales para quienes
incumplan con las reglas más elementales de la convivencia, instituciones
que tienen a su cargo velar por el orden y la disciplina ciudadana.

¿No es acaso un riesgo dejar que situaciones como estas contribuyan a la
deformación de reconocidos rasgos de nuestra identidad, como el respeto, la
cordialidad y el sano disfrute de momentos de ocio y esparcimiento? ¿En
cuántas ocasiones tales actitudes no aparecen asociadas a manifestaciones
de violencia, detrás de las cuales asoma el consumo de alcohol, u otras
sustancias cuya venta es penada por la ley? Aunque la comunidad puede y
debe ejercer un papel más activo respecto a este fenómeno, ¿se trata solo
de un problema entre vecinos?

La sociedad y sus instituciones están en todo el derecho y el deber de
establecer las medidas que sean necesarias para corregir y enrumbar
conductas inadecuadas.

No podemos renunciar a la alegría. Cada quien suele tener más de una razón
para estar contento. Pero que ello no nos haga olvidar que el respeto al
derecho ajeno, como se ha dicho tantas veces, es la paz. ¡y contribuye a
fortalecer la unidad del barrio!


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