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02/11/13 - InfoBAE.com - Cuba, una isla de soplones

Es mulato y tiene los brazos tatuados con epigramas chinos. Vive en un
solar del barrio mayoritariamente negro de Cayo Hueso, en el centro de La
Habana. Es recogedor de 'bolita', la lotería cubana, ilegal, que funciona
con tanta exactitud como un reloj suizo.

La 'bolita' tiene dos recogidas diarias. Una por la tarde y otra por la
noche. Y mucha gente en Cuba suele apostar a algún número, intentando
cambiar su mala suerte. A pesar de ser un negocio clandestino, el mulato
recoge sin disimulo las listas. Varios vecinos aseguran que es
'colaborador' de la policía.

"Él informa de todo lo que se mueve. Sea un robo o un negocio relacionado
con las drogas. También chivatea a otros recogedores de 'bolita'. La
policía lo deja hacer, mientras colabore", dice un vecino.

En el mundo marginal habanero sobran los soplones. Hay confidentes que
trabajan para la policía como una forma de amortiguar una sanción penal
pendiente de terminar de cumplir. Si eres efectivo, la policía te da luz
verde y archiva el caso. Según un ex vendedor de drogas que estuvo seis
años en la cárcel, algunos expendedores de marihuana o melca, colaboran con
la 'meta' (policía).

"Las denuncias anónimas llueven. Todos los días se reciben llamadas de
personas chivateando cualquier cosa. Lo mismo una fiesta suntuosa, trasiego
de alimentos o de materiales de construcción. O si alguien alquila su casa
sin tener licencia. Gracias a esos informantes, apenas se necesita hacer
labor investigativa. Las denuncias, anónimas o no, están llenas de datos y
detalles precisos", señala un instructor policial.

Y es que en Cuba chivatear, soplar, delatar, 'echar pa'lante', es casi un
deporte nacional. El escritor Eliseo Alberto (La Habana 1951-México DF
2011) escribió sobre el tema en su libro Informe contra mí mismo.

En sociedades cerradas, lo primero que hace el régimen es diseñar un
eficiente aparato de información basado en las delaciones. En la
desparecida Unión Soviética, se recuerda el caso del pionero que delató a
sus padres por criticar a Stalin. En Alemania del Este, los soplos llegaron
a formar parte de la cultura.

Desde que en enero de 1959 Fidel Castro se hizo con el poder tras derrocar
a Fulgencio Batista, hilvanó una tupida red de chivatos a todos los
niveles.

El 28 de septiembre de 1960, bajo el estruendo de varios petardos, en un
discurso desde el balcón central del otrora Palacio Presidencial, Castro
creó una organización de vigilancia a la que nombró Comités de Defensa de
la Revolución. Supuestamente, la labor de los CDR era informar sobre los
movimientos de ciudadanos catalogados de 'contrarrevolucionarios'.

Esa faena la realizaban junto con la recogida de papel, envases de cartón o
vidrio. Pero también delataban cualquier cosa que consideraran sospechosa
en el vecindario. Si una familia comía carne de res o camarones con
frecuencia, lo reportaban. O si se enteraban de que alguien veía películas
pornográficas. O la esposa de un miembro del partido o de las fuerzas
armadas le era infiel.

Ya los CDR son una organización en estado de coma. Todavía forma parte del
abultado aparato gubernamental. Pero hace rato sus miembros dejaron de
delatar nimiedades. Ahora, entre sus funciones, están las de vigilar e
informar los pasos de opositores o periodistas independientes que residen
en su barriada. 'Elevan' informes de los visitantes a las casas de los
'gusanos'. Si van en una moto o auto, anotan las matrículas. También si
llevan jabas o paquetes.

En el mundillo de la chivatería hay de todo, como en botica. Los vigilantes
más rigurosos registran hasta la basura, en busca de indicios demostrativos
de que el disidente tiene un nivel de vida por encima del promedio
nacional.

Cuando los servicios especiales intentan desacreditar a un opositor, les
gusta mostrar fotos, videos e informaciones de costumbres que no llaman la
atención en ninguna sociedad civilizada, como tomar cerveza, comer pargo o
langosta, tener un televisor de plasma o montar en taxis por divisas.

Mientras los mandarines viven a todo trapo, en casas espectaculares, con
más de un coche y yates de pesca, la autocracia verde olivo sigue
utilizando la vieja práctica fidelista de desacreditar a los disidentes por
cenar en un restaurante de primera o recibir dinero del exterior a través
de una transferencia bancaria.

En la primavera de 2003, las pruebas mostradas a los tribunales para
sancionar con duras condenas a 75 opositores pacíficos fueron hojas de
papel, libros, radios y ordenadores portátiles.

Igualmente se sabe que una legión de soplones encubiertos se dedica a
delatar a los disidentes y periodistas independientes, haciéndose pasar por
uno de ellos. Cuando se abran los archivos del templete estatal de la
policía política, como se abrieron los de la Stasi en Berlín, se sabrá la
labor de zapa realizada por la Seguridad del Estado en su afán de colonizar
y dividir a la disidencia.

Una nación donde para escalar en una profesión se acostumbra a pisotear y
destruir personas con informes y chivatazos, es una sociedad enferma.

Algún día, en Cuba aterrizará la democracia. Edificar una economía
eficiente, próspera y robusta no tardará más de diez años. Pero recuperar
ciertos valores éticos y humanos demorará. Quizás mucho tiempo.


Original Source / Fuente Original:
http://opinion.infobae.com/ivan-garcia-quintero/2013/02/11/cuba-una-isla-de-soplones/


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