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03/02/13 - Juventud Rebelde (Habana) - Música raigal

Desde el Gran Teatro de La Habana, Eliades Ochoa ofreció un viaje por esa
esencia raigal de nuestra sonoridad, con una profundidad que impresiona

Yelanys Hernández Fusté yelanys@juventudrebelde.cu 1 de Marzo del 2013
21:19:12 CDT

Buscamos en los escenarios la calidez que también anhelamos para nuestras
vidas. En apenas unas horas, disfrutamos de la sensibilidad del artista, y
es en esos matices melódicos que la música dibuja cada detalle de la
realidad.

Hace ya un tiempo que reflejo en comentarios esa teoría que explica que el
arte nos atrae, precisamente, porque nos retrata desde la visión de su
creador. Y meditaba en ello cuando escuchaba a Eliades Ochoa el sábado
último, en el Gran Teatro de La Habana. Ante un público multinacional, el
cantante nos ofreció un viaje por esa esencia raigal de nuestra sonoridad,
con una profundidad que impresiona.

Es que tradición y sensibilidad son conceptos que maneja acertadamente
Ochoa. Con ellos "camina" de una ma-nera propia por la música nuestra.
Encima del escenario, el artista santiaguero conjuga su estilo único al
tocar la guitarra con el exquisito repertorio que escoge y que también
crea, para mostrarnos cuán viva está la música tradicional.

En la escena se califica de "hombre de pocas palabras", como se autodefinen
todas las personas de pueblo. Pero Eliades es capaz de mantenernos toda una
noche atentos a sus frases, su carisma y su buen humor. En la noche
sabatina Ochoa dejó una quincena de canciones, algunas que le han dado fama
y otras recientemente creadas, todas con el sabor de lo auténtico.

El artista hizo su entrada con los instrumentales del Chan chan y Píntate
los labios, María. Fue acompañado por una formación musical diversa: las
cuerdas de Frasis, una poderosa sección de metales y el grupo Patria.

Y ya que los adentro en los detalles de la sonoridad, es importante señalar
que ese fue uno de los elementos más notables de la velada. Junto a la voz
de Eliades y sus incursiones en la guitarra, este grupo de músicos ofreció
una colorida pincelada melódica, explotada al máximo por Giovanis
Alcántara, arreglista de la trilogía fonográfica Lo más reciente de Eliades
Ochoa (Egrem 2012), y de lo que vimos esa noche.

Con un texto lleno de optimismo, Ochoa entregó Vamos a alegrar el mundo, el
sencillo que dio título al concierto, y con buen humor propuso descifrar un
gran enigma: quién llegó primero al mundo, la gallina o el huevo.

Dominando el bolero -incluidos esos que disfrutamos en la vitrola-, Ochoa
obsequió de su autoría Un fantasma para ti y Un bolero para ti, el mismo
que nombró al disco con el que obtuvo el Grammy Latino en 2012. Sin
embargo, este último tema se nos presentó de un modo diferente al que
aparece en el álbum, pues en esta ocasión se escuchó la voz de Luna
Manzanares.

Fuimos seducidos por varios dúos protagonizados por Eliades y sus
invitados. Una característica de estas uniones es que evidenciaron las
cualidades interpretativas tanto de los vocalistas como de los
instrumentistas.

Con David Blanco, interpretó Pica pica, perteneciente al disco Amigos, del
joven cantautor. A diferencia de la original, que es más roquera, la
versión sabatina llevó una buena dosis de los elementos de la música
tradicional.

En No dejes que te digan muñeca, Eliades fue seguido al piano por Manolito
Simonet, quien, con su arraigado matiz sonero, subió la parada al
concierto. Con el joven pianista Alejandro Falcón tocó el instrumental de
El manisero, de Moisés Simons, una pieza imprescindible en cualquier
repertorio.

Pero fue Píntate los labios, María, uno de esos temas que no dejó a nadie
pegado a su asiento. Ochoa y Alexander Abreu (trompeta), se llevaron
prolongados aplausos.

Amén de que el fallo del audio afectó el momento inicial del concierto,
fueron casi dos horas de disfrute, donde sobresalieron otras tres
ejecuciones impecables: La comparsa, de Lecuona; Estoy como nunca, tan
solicitado por el público, y El cuarto de Tula, el cual devino cierre de un
intenso programa donde la cubanía y la versatilidad de Eliades y sus
acompañantes indicaron que el arte es un eterno reflejo de nuestras
sensaciones, de nuestra existencia.


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