03/03/13 - Cuba-L Analysis (Albuquerque) - Corriente alterna Alfredo Prieto* Cuba es en los Estados Unidos como la corriente alterna: sube o baja su perfil público en dependencia del voltaje. La información no se sustenta en flujos estables, sino en discontinuidades y silencios, un fenómeno determinado por la asimetría y por consiguiente por el bajo lugar que se le concede en una lista de prioridades político-mediáticas donde dista a años luz de figurar como un punto rojo (a red spot, en el argot del gremio). Un resultado de este peculiar prisma --que por otro lado no se aplica de manera exclusiva a la Isla--, consiste en que eventualmente, como activadas por una inusual carga energética, se disparan las noticias sobre lo que se percibe como un dinosaurio flotando en el mar de las globalizaciones, "el único lugar del mundo sin un Mc Donald´s". Luego, concluida la onda expansiva, la carroza vuelve a ser calabaza y los lacayos, ratones. Ahora es el momento de titulares en el New York Times y el Washington Post, de editoriales en el Boston Globe, de reportajes y opiniones de congresistas en ABC News, de briefings de prensa en el Departamento de Estado y de pronunciamientos de académicos y expertos que añaden a la corriente sus criterios autorizados a un lado u otro del espectro. Las diversidades son, en el fondo, confluyentes. Cuba es el Quasimodo de la foto. Esa carga energética se llama cambios. En efecto, de un tiempo a esta parte los medios norteamericanos, que no son los del Sur de la Florida, según parecen asumir algunos propagandistas, han venido socializando/reaccionando a una cadena de hechos como el proceso de encogimiento del Estado, el ajuste estructural, la emergencia de una nueva clase de pequeños y medianos empresarios, la venta de autos y casas, la reforma migratoria y, más recientemente, la visita de un grupo de congresistas con Alan Gross en la agenda, así como el relevo generacional de la dirigencia histórica, recién anunciado por Raúl Castro en la Asamblea Nacional del Poder Popular. Se trata de un momento óptimo para aprehender de manera clara y distinta la naturaleza del debate, que pudiera resumirse en dos enfoques fundamentales. El primero es el dominio de los duros. Según su lógica, no habría razones para conceder legitimidad a un sistema en fase de liquidación al estar a punto de desaparecer el liderazgo histórico por la acción de leyes biológicas. Como corolario, tampoco habría espacio para un quid pro quo bilateral: sería como renunciar a recoger la cosecha al cabo de más de medio siglo apretando la tuerca y apostando por la olla de presión. Estos son, por así decir, los caballeros del ninguneo: los cambios en Cuba constituirían solo readecuaciones para tratar de escapar del vendaval de la crisis, no perder el poder y pasarle el batón a una generación continuista que no estuvo en la Sierra Maestra, lo cual equivaldría a aceptar no se resuelva el problema que perciben como central: la inexistencia de un sistema democrático con elecciones multipartidistas, medios de comunicación y poderes independientes --una posición recientemente avalada por la administración Obama, que además acaba de ratificar, en la figura de la portavoz del Departamento de Estado, Victoria Nuland, la permanencia de Cuba en la lista negra de los países que apoyan el terrorismo internacional. Sin dudas, un caso de obstinada ceguera ideológica. Esta perspectiva significa en los hechos, para Cuba, la clausura de la vía china/vietnamita, países que han emprendido procesos de reformas y renovado sus liderazgos bajo la dirección de sus respectivos partidos comunistas, y con los que los Estados Unidos tienen relaciones diplomático-comerciales -a pesar de sus áreas de conflicto. Es una de las paradojas más gruesas de la política exterior norteamericana. El segundo, el de los pragmáticos. Para estos, la codificación de la política hacia Cuba por parte del Congreso (el embargo/bloqueo, las leyes Torricelli, Helms Burton y las disposiciones legales relacionadas) debería desmontarse por arcaica, fallida, contraproducente, y en última instancia por no servir los legítimos intereses de los Estados Unidos. Aunque los vean lentos e insuficientes, el enfoque pragmático reconoce la pertinencia de los cambios por juzgarlos funcionales al mercado, a la lógica del capital y la sociedad civil, a los que apuestan como soportes de una transición. Y apela centralmente a un "compromiso constructivo" presidencial que profundice el contacto --también avalado por la administración Obama-- con remesas, viajes y licencias pueblo-a-pueblo. La movida se inspira en Europa del Este (el viejo razonamiento, unilateral por lo demás, de que el socialismo se cayó por el abrazo y no por apretar la clavijas). Contrariamente a lo que a veces se supone, esta perspectiva no es única ni exclusiva del Cuba Study Group, una organización pensante y sin fines de lucro que no ha hecho sino sistematizar ideas largamente presentes en el establishment liberal y añadirles un componente propositivo legitimado/reforzado por su condición de profesionales y empresarios de origen cubano, distintos a los tradicionales y a menudo en contacto directo con las realidades de la Isla. Amplificado como con lupa por los medios, este es el eje discursivo horizontal de la segunda administración Obama. Resulta altamente probable que esta continúe su política ecléctica, dado que en el Congreso no hay la voluntad de cambiar el esquema vigente, a pesar del movimiento de ideas que ahora tiene lugar vis á vis los cambios aludidos. La famosa "ventana de oportunidad" continuaría entonces sin abrirse. En otras palabras, se trataría de mantener el embargo/bloqueo aplicando como hasta ahora sus regulaciones, y a la vez de profundizar la lógica del contacto adoptando --de manera total o selectiva-- el nuevo menú de opciones que desde el liberalismo se le ofrece. Hacia allá, creo, se dirigen. Fuente: Alfredo Prieto, Periódico 7 Días Santo Domingo, 1 de marzo de 2013.
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