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03/03/13 - Juventud Rebelde (Habana) -  Batalla contra las penumbras

Alina Perera o perera@juventudrebelde.cu 2 de Marzo del 2013 19:20:17 CDT

Una vez más, escuchar a Fidel es sumergirse en las honduras de la
existencia humana. No importa que sus palabras sean pocas o muchas. Breves
fueron las pronunciadas por él durante la Sesión de Constitución de la VIII
Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular este 24 de febrero, y
en ellas, además de la carga espiritual que siempre tienen, hay una mirada
que echa luz sobre tramos de mucho tiempo, lo mismo hacia el pasado que
hacia el porvenir.

En esencia el líder histórico de la Revolución Cubana nos recuerda la
envergadura de esta resistencia nuestra que todavía acontece y sigue siendo
ardua. Y subraya Fidel una cifra que "lo expresa todo" (que habla de la
generosidad de los aquí nacidos): "a ochocientas mil personas se eleva el
número de los cubanos que han cumplido abnegadas misiones
internacionalistas".

Por ahí andan; me los encuentro mucho últimamente; y cuando empiezan a
hablar con una sencillez sobrecogedora sobre sus días en la guerra,
entiendo que estoy frente a héroes que no han pedido nada para sí y que
siguen, sumados a millones de cubanos que han sabido sobrevivir a los
ataques más duros del enemigo, dando batalla en una de las contiendas más
difíciles: la del bregar diario, afán cuyas complejidades y dificultades ni
siquiera ellos, los guerreros, pudieron haber imaginado años atrás.

Es ese pueblo generoso, entonces, el que está llamado a dar pelea contra
toda acción que niegue nuestra valía. Fidel expresa -y aquí es evidente el
hilo de continuidad en todo cuanto se ha hecho y hace- que de acuerdo con
lo que le contaba Raúl hace unos días, lo que "se impone es la necesidad de
una lucha enérgica y sin tregua contra los malos hábitos y los errores que
en las más diversas esferas cometen diariamente muchos ciudadanos, incluso
militantes".

Y seguidamente, para dar idea de lo inmenso de ese desafío, coloca el
escenario nacional en un contexto que, haciendo justicia, debemos calificar
de abrumador: "La humanidad ha entrado en una etapa única de su historia.
Los últimos decenios no guardan relación alguna con los miles de siglos que
la precedieron".

Como tantas otras veces, Fidel no soslaya la dimensión de lo subjetivo. Su
enfoque me remonta a intensas jornadas reflexivas que, a finales del siglo
XX (año 1996), tuvieron lugar convocadas por el Parlamento cubano sobre los
valores morales y espirituales. Recuerdo figuras emblemáticas como Cintio y
Fina, allí presentes, y no olvido muchas voces de prestigio que entonces se
alzaron para abordar un asunto alusivo a la conducta del Hombre.

Aquel foro tan amplio, que algunos identificaron como una "campaña por los
valores", nunca debió languidecer. Es verdad que se siguieron dando otros
encuentros, pero aquel impulso debió haberse ido insertando orgánicamente a
nuestras vidas como una meditación, que nos sacudiera todo el tiempo las
amenazas sórdidas.

Como la conducta nace de los escenarios palpables, de condiciones objetivas
que el país está enfrascado en modificar, todo cuanto se diseñe para
ponderar eso que Martí llamó la dignidad plena del Hombre será cardinal. El
espíritu necesita condiciones, alimento y educación sin límites, y es
necesario decir que aunque es espejo de la realidad objetiva, a la vez
resulta dimensión en la cual una voluntad bien pensada puede convertirse, o
no, en realidad palpable.

Se puede concebir, por ejemplo, un excelente modo de administrar. Pero ojo,
me comentaba un colega, es importante preguntarse qué vamos a administrar:
¿la parálisis, las peores motivaciones, una mentalidad inoperante?; ¿o el
afán creador, que restaura y remodela, que está libre o dispuesto a
desprenderse de viejos vicios?

Entre los escenarios y la conducta se da, ya lo sabemos, un camino de doble
vía, de mutuas influencias. Por eso, mientras las situaciones son
transformadas, es preciso hablar de los "malos hábitos", de los "errores"
que son pan nuestro de cada día, que seguirán existiendo en una obra
humana, pero que sería imperdonable dejar de la mano, no atajar a riesgo de
terminar empantanados en un intento de nuevas fórmulas cuyos ejecutores,
protagonistas y destinatarios sean hombres y mujeres en quienes la virtud
se fue debilitando o desapareció.

Cuando abordo este tipo de asunto, arde en mi memoria un ejemplo para mí
ilustrativo: a un famoso parque de La Habana le pusieron hace no muchos
años las bombillas más bellas que he visto en mi vida. Poco a poco, noche
tras noche, las bombillas fueron desapareciendo, y el lugar volvió a
quedarse a oscuras, a merced de los malhechores. Se había restaurado un
escenario; pero, ¿sus beneficiarios estaban listos para asumirlo y
merecerlo?

El aldabonazo en pos de nuestra vindicación interior está dado ya hace
mucho tiempo. Y hay que dar batalla con todo, para no ser, por la eternidad
(aun cuando hemos demostrado ser grandes en lo grande), un país con
parques, y otras cosas, en penumbras.


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