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03/04/13 - Cuba-L Document (Albuquerque) - Fidel Castro: Discursos sobre explosión del barco "La Coubre"

[Estimado lector: pensamos pueda ser de interés histórico este discurso. Una semana después el gobierno de Dwight I. Eisenhower aprobó los planes de la CIA de una invasión a Cuba]

PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL COMANDANTE FIDEL CASTRO RUZ, PRIMER MINISTRO
DEL GOBIERNO REVOLUCIONARIO, EN LAS HONRAS FUNEBRES DE LAS VICTIMAS DE LA
EXPLOSIÓN DEL BARCO "LA COUBRE", EN EL CEMENTERIO DE COLON, EL 5 DE MARZO
DE 1960.
 
(VERSIÓN TAQUIGRÁFICA DE LAS OFICINAS DEL PRIMER MINISTRO)
 
Compañeros y compañeras:
 
Hay instantes que son muy importantes en la vida de los pueblos; hay
minutos que son extraordinarios, y un minuto como ese es este minuto
trágico y amargo que estamos viviendo en el día de hoy.  Ante todo, para
que no se considere que nos dejamos arrebatar por la pasión, para que se
vea claramente que hay un pueblo capaz de mirar de frente, con valor, y que
sabe analizar serenamente, que no acude a la mentira, que no acude al
pretexto, que no se basa en suposiciones absurdas, sino en verdades
evidentes, lo primero que debemos hacer es analizar los hechos.  En la
tarde de ayer, cuando todos estábamos entregados al trabajo -los obreros,
los empleados del Estado, los funcionarios del gobierno, los miembros de
las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los estudiantes-; es decir, entregados
a lo más honesto que puede entregarse un pueblo, entregados al trabajo para
vencer las grandes tareas que tenemos por delante, una explosión gigantesca
hizo estremecer nuestra capital.  Por ese instinto para penetrar a veces en
las raíces de los problemas, los compañeros que estábamos trabajando en ese
momento tuvimos de inmediato la preocupación de que algo grave había
ocurrido en las plantas eléctricas, o en el cuartel de San Ambrosio, o en
un barco con parque y explosivos que estaba en la capital desde horas
tempranas.  Pero, como una especie de premonición, nos imaginamos que algo
grave había ocurrido; que aquella explosión cualquiera que fuese el sitio
donde había ocurrido, tenía que haber producido consecuencias desastrosas,
y que muchas víctimas tendría que haber ocasionado, como efectivamente por
desgracia había ocurrido.  Lo demás, aquellos minutos de profunda pena y de
angustia            -aunque no de miedo- en la ciudad, todos lo conocen
perfectamente.  En primer término, la reacción del pueblo.  El pueblo no se
atemorizó por la explosión, el pueblo avanzó hacia la explosión; el pueblo
no se llenó de miedo, sino que se llenó de valor y, aun cuando no sabía lo
que había ocurrido, se dirigió hacia allí y hacia allí se dirigieron los
obreros, las milicias, los soldados y los demás miembros de la fuerza
pública, todos a prestar la ayuda que estuviese a su alcance.  Lo ocurrido
no podía ser más trágico:  el barco anclado en el muelle, en el instante en
que estaba procediéndose a desembarcar la carga, estalló, desapareciendo
virtualmente la mitad del mismo, y barriendo a los obreros y a los soldados
que estaban realizando aquella operación.  ¿A qué se debía aquella
explosión?  -se preguntarían muchas personas.  ¿Sería un accidente?  Es
posible que para todos aquellos que no tengan experiencia o conocimientos
en materia de explosivos, cupiera la posibilidad de un accidente.  Se sabe
que los explosivos explotan, y es posible imaginarse que puedan explotar
fácilmente.  Sin embargo, no es así.  Y en realidad no resulta fácil que
los explosivos estallen; para que los explosivos estallen es preciso
hacerlos estallar.  Entonces, ¿de qué se trataba?  Y la otra respuesta era
que se podía tratar de un sabotaje, ¿pero un sabotaje cómo?  ¿Y dónde?  ¿Es
que los sabotajes se pueden llevar a cabo en presencia de numerosas
personas?  ¿Es que los sabotajes se pueden realizar en presencia de
soldados rebeldes y de obreros portuarios, en pleno mediodía?  Si era un
sabotaje, ¿cómo se pudo llevar a cabo aquel sabotaje?  Y en primer lugar,
¿por qué un sabotaje y no un accidente?  ¿Qué traía ese barco?  Ese barco
traía balas, y traía también granadas de fusil FAL contra tanques y contra
personas.  Las balas ya estaban en el muelle, ya no quedaban balas en el
barco.  Venían en la bodega de la popa, en la última división de la bodega,
es decir, en el fondo de la bodega, y los obreros las habían extraído.
Quedaba un compartimiento superior, que eran las neveras de esa bodega,
convertida una de ellas en el compartimiento donde venían las granadas de
fusil.  La explosión no se produce mientras se operaba con las balas; la
explosión se produce en el momento en que se estaban descargando las 30
toneladas de cajas de granadas de fusil.  Si en aquel barco no hubo
incendio -porque una explosión se puede producir por incendio a bordo-, si
en aquel barco no hubo incendio, ¿podía producirse la explosión porque se
hubiera caído por ejemplo, una de las cajas?  En primer lugar, no es
probable que cayera ninguna de las cajas, porque los obreros sabían lo que
estaban cargando, y no era la primera vez que los obreros portuarios
manipulaban esa carga; porque durante muchos años, explosivos y pertrechos
se han estado manipulando en el puerto de La Habana, y nunca -que
recordemos- se había producido explosión alguna.  Los obreros llevaban
muchos años manipulando ese tipo de carga, y sabían cómo manipularla, y
tomaban sus medidas, como era la de situar una malla sobre la tabla para
evitar ni siquiera la posibilidad de la caída de una caja, y se tomaban
tanto más interés cuanto sabían que eran pertrechos para defender la
Revolución; y no era la primera vez que lo hacían, ya que hasta inclusive,
en ocasiones anteriores, lo habían hecho gratuitamente, voluntariamente,
sin cobrar un centavo, como contribución a la defensa del país.  Es decir
que aquellos obreros sabían lo que estaban cargando.  No era probable que
una caja se cayera; pero aun cuando esa remota posibilidad hubiese
ocurrido, aun cuando esa posibilidad hubiera ocurrido, ¿quiere decir que
una caja de granadas estalla cuando se cae, que una caja de granadas puede
estallar por una caída?  Y menos aún cuando se trata de una de las mejores
fábricas del mundo, de armas y pertrechos que tienen que manipular los
hombres en combate, y que por lo tanto tienen que estar revestidas de las
mayores seguridades, y es prácticamente imposible que puedan estallar
mientras se cargan, o mientras se manipulan, o mientras se van a disparar;
y -que yo recuerde- durante toda la guerra lo más que podía ocurrir es que
se lanzara una de las granadas y no estallara; pero lo que nunca supimos es
que una granada hubiese estallado en el fusil, ya que esa granada, al ser
impulsada, recibe el impacto del cartucho propulsor, que es un impacto
fuerte, y un impacto que recibe ya sin seguro, un impacto que recibe ya sin
seguro la granada, y sin embargo no estalla; lo más que puede ocurrir es
que por deficiencia, por alguna deficiencia, no estalle al chocar contra el
blanco.  Lo que nunca supimos fue de alguna granada que estallara en la
punta del fusil.  Entonces, ¿qué posibilidad tiene de estallar una granada
al caerse una caja que la contenga?  ¿Es que vienen las granadas sin
seguro?  ¿Es que vienen las granadas sueltas dentro de las cajas?  ¿Es que
esos productos se transportan sin seguridad para el que los manipula, para
el que los carga y los descarga?  Porque es preciso calcular cuántas veces
se manipulan esas cajas desde la fábrica hasta los polvorines.  ¿Es que
podía considerarse lógico en algún sentido que, aun cuando ocurriese lo
improbable, lo muy improbable, de que cayera una caja, pudiera estallar, es
decir, explosión por accidente?  ¡Nosotros podemos asegurar que es
totalmente imposible!  Pero como no bastaban apreciaciones teóricas,
dispusimos que se hicieran las pruebas pertinentes:  y en la mañana de hoy
dimos órdenes a oficiales del ejército de que tomasen dos cajas de granadas
de los dos tipos diversos, las montaran en un avión y las lanzaran desde
400 y 600 pies, respectivamente.  Y aquí están las granadas, lanzadas a 400
y 600 pies desde un avión, de las cajas de 50 kilos, es decir, 100 libras,
lanzadas a 400 y a 600 pies; granadas exactamente iguales que las que
venían en ese barco (muestra las granadas al público).  ¿Tiene algún
sentido suponer que pudiesen estallar al caer a ocho pies de altura, con
todas esas condiciones de los seguros que tiene la granada y de los
recipientes que apenas a esa altura si sufren alguna abolladura los
recipientes, desde 400 y 600 pies, más la velocidad del avión?  A tal
extremo, que las cajas penetraron varios pies en tierra por el impacto, y
se destruyeron las cajas de madera sin que una sola de las 50 granadas que
llevan dentro estallara.  Y yo estoy seguro de que esa prueba se puede
repetir cien o mil veces, y las granadas no estallan; porque los
explosivos, para que estallen, hay que hacerlos estallar, y en la guerra
muchas veces caían las bombas y no estallaban, y eran las que servían para
abastecernos a nosotros de los explosivos con los cuales fabricábamos las
minas, y nunca recordamos un solo caso del estallido de alguna de esas
armas por accidente; siempre había que hacerlas explotar.  Luego, por
accidente no puede haber sido, por accidente no puede haber sido; tenía que
ser intencional.  Había que descartar toda posibilidad de accidente, para
aceptar lo único explicable:  una explosión intencional.  ¿Pero una
explosión intencional cómo?  ¿Se podía -como dije hace un rato- hacer un
sabotaje en presencia de soldados rebeldes, de soldados veteranos rebeldes,
que estaban presenciando la manipulación?  ¿Se podía hacer un sabotaje en
presencia de los obreros que estaban allí trabajando?  Si cuando se
realizan esas operaciones se toman todas las precauciones, ¿cómo suponerse
que a la luz del día y en presencia de obreros y de soldados alguien puede
perpetrar un sabotaje?  Ese alguien tendría que ser, en primer lugar, un
obrero, y carece por completo de lógica que nosotros vayamos a esperar un
sabotaje de un obrero; porque los obreros, sin que le quepa duda a nadie,
son defensores fervientes y decididos de nuestra Revolución.  Pero como no
se trata de apreciaciones teóricas, analicemos la posibilidad de ese
sabotaje.  En primer lugar, los obreros son registrados, y son registrados
para evitar que lleven fósforos o cigarros, son registrados para evitar que
cometan una imprudencia; y no solo son registrados, sino que tienen un
delegado, que observa el trabajo que van realizando.  Es decir que no
solamente son registrados, sino que son observados por soldados y por sus
propios delegados y sus propios compañeros.  Eso es virtualmente imposible
de realizar en tales condiciones.  Pero además, esos obreros son muy
conocidos por sus compañeros, porque no son muchos, son de 12 a 18 los que
pueden estar trabajando, y en ese caso era un número reducido allí y muy
conocido el que estaba trabajando.  Y una circunstancia todavía más
importante, y es que los obreros que trabajaban allí no sabían que iban a
trabajar en ese barco.  El barco llegó en horas de la mañana.  El primer
turno fue de 11:00 a 1:00, que trabajaron no en ese compartimiento donde
estaban las granadas, sino donde estaban las balas, en el compartimiento de
más abajo.  Trabajaron de 11:00 a 1:00, y cuando fueron a trabajar,
sencillamente llegaron al puerto y en el puerto les dan su turno en el
barco que les corresponda, que ellos no saben cuál es, porque se rotan más
de 1 000 estibadores, y lo mismo puede corresponderle en un barco que en
otro.  El segundo turno recibe sus tiques a las 12:30 para comenzar a
trabajar a la 1:00.  Esos obreros, que era un grupo reducido entre más de 1
000, no sabían que iban a descargar aquellos explosivos.  Es decir que no
cabe suponer una premeditación, un plan, una preparación en esas
condiciones tan difíciles.  Es decir, tendría que realizarlo un hombre que
fuera adivino, y que supiera que tal día, entre 1 000, le va a tocar
desembarcar explosivos; tendría que tenerlo todo listo, tendría que burlar
el registro, tendría que burlar la vigilancia de los soldados y tendría que
burlar la vigilancia del delegado, para con esas precauciones llevar
adelante un acto de sabotaje.  Condiciones que son imposibles; porque era
como suponer que sobre el grupo de trabajadores revolucionarios que
intervienen unos minutos en la tarea de descargar esas armas, que son para
la defensa de sus intereses y de sus derechos, pudiera recaer la menor
sospecha.  Luego, no por cuestiones de convicción moral, sino por análisis
cuidadoso, por investigación minuciosa, por conversación detallada con
todos los obreros, braceros y estibadores que allí participaron, sacamos la
conclusión de que el sabotaje por ningún concepto podía haber sido
realizado en Cuba.  Los explosivos estallan en Cuba, pero el mecanismo que
hizo detonar a esos explosivos no se instaló en Cuba; el mecanismo que hizo
estallar el barco no pudo por ningún concepto haber sido instalado en Cuba.
Luego, había que analizar las otras posibilidades.  ¿Posibilidad de que
hubiesen sido los obreros, tripulantes del barco?  Muy difícil, muy
improbable; porque nosotros hemos interrogado uno por uno, y sobre todo muy
cuidadosamente a las personas que tuvieron que ver con las bodegas, con la
carga, con las llaves.  En primer lugar, las personas que tenían las
llaves, que ese día abrieron las bodegas para comenzar la descarga,
perecieron en la explosión; los oficiales del barco estaban en el barco
cuando ocurre la explosión, y no es de imaginarse que alguien crea posible
hacer estallar 30 toneladas de dinamita en un barco y salir ileso.  Una
parte grande de los tripulantes salvaron sus vidas, pero eso no quiere
decir que nadie haya sido capaz de asegurar que al estallar 30 toneladas de
explosivos en un barco pueda salir alguien con vida.  De los 36
tripulantes, solo había cuatro personas ausentes:  tres mozos, después que
habían servido los alimentos a la tripulación, y un engrasador que no
estaba de servicio.  Es decir que solamente cuatro personas estaban
ausentes en ese momento, por razones absolutamente lógicas; los demás
estaban en el interior del barco, incluyendo los dos pasajeros.  Luego, era
improbable que hubiese sido realizada aquella operación por algún
tripulante del barco.  Y en la medida en que penetrábamos en la
investigación del sabotaje, llegábamos a la conclusión de que fue preparado
más distante; de que no fue preparado en absoluto, no pudo haber sido
preparado en Cuba; de que era muy improbable que pudiera haber sido
realizado por algún miembro de la tripulación, y que, sin embargo, las
posibilidades aumentaban en la medida que analizábamos la carga o el
cargamento del barco.  Aquí vigilábamos con el mayor esmero, porque eran
armas en las que estaban interesados aquellos soldados y aquellos obreros;
aquí sabemos los enemigos que podamos tener; aquí tomamos el mayor interés.
¿Pero cómo explicarse que a miles de millas de distancia y muy lejos de
conocer nuestros problemas, en países que no están amenazados por actos de
sabotaje, ni por explosiones, ni están agitados por convulsiones
revolucionarias o por los esfuerzos de la contrarrevolución; en un país
como Bélgica, que fue el punto de partida, sea tan difícil como aquí, que
estamos en permanente vigilancia para evitar cualquier acto de sabotaje?  Y
del interrogatorio del oficial del barco, el responsable de la carga,
pudimos conocer cómo se había cargado aquella mercancía en presencia de ese
oficial, y cuando él no estaba presente, de otro miembro de la tripulación,
que en este caso no pudo precisar.  Es natural que en las condiciones de
embarque era mucho más fusil y más practicable introducir algún detonante
que hiciera estallar aquellos explosivos.  Y por eso nuestra conclusión de
que había que buscar al agente de ese sabotaje no aquí, sino en el
extranjero; de que había que buscarlo donde las condiciones eran mucho más
fáciles para preparar un acto semejante.  Es decir que había un hecho
indiscutible, un hecho probado, y es que después que habían extraído más de
20 cajas, al mover alguna de las cajas restantes, es decir, al cargar una
de las cajas siguientes se produjo la explosión.  Cuando los obreros fueron
a manipular alguna nueva caja -puesto que ya tenían más de 20 fuera-;
cuando fueron a cargar alguna de las cajas restantes, se produjo la
explosión, y esa explosión no podía ser por accidente, esa explosión tenía
que ser intencional.  Es decir que al mover alguna caja liberó el mecanismo
de algún detonador, produciendo la explosión.  Todos, con mayores o menores
detalles, conocemos que hay un sinnúmero de procedimientos para hacer ese
tipo de trampas con explosivos que se usan mucho en la guerra, que al mover
una gorra, o al mover un lápiz, o al mover una silla, se produce una
explosión, puesto que es para un técnico perfectamente fácil situar entre
dos cajas, debajo de una caja, cualquiera de esos mecanismos, y que al
mover la caja se produjera la explosión.  ¿Cómo venían las cajas en el
camino?  Venían en filas compactas, no podían moverse, porque esa carga se
aprisiona una contra otra dentro de la bodega o dentro de la nevera, de
manera que no puede moverse, es decir que no tienen espacio para moverse.
Un sistema de sabotaje como ese se podía realizar sin la menor preocupación
de que estallara antes de desembarcar, porque eso fue lo que ocurrió, que
ya habían sacado las primeras cajas y al sacar aproximadamente la caja
número 30 es que se produce la explosión, que no podía ser por accidente
-como hemos demostrado- y que tenía que haber sido preparada, porque esas
cajas no estaban en las primeras filas, donde cualquier objeto se podía ver
allí; era ya de las segundas o de las terceras filas de cajas; y al mover
una de esas filas, al mover una caja, es que se produce la explosión.  Esa
es la conclusión a que hemos llegado, y que no parte del capricho ni del
apasionamiento; parte del análisis, parte de las evidencias, parte de las
pruebas, parte de las investigaciones que hemos hecho, e incluso de los
experimentos que hemos hecho para sacar primero la conclusión de que era un
sabotaje y no un accidente.  Y de eso tengo la seguridad de que no le queda
duda a nadie; porque, ¿qué otra cosa podía esperarse?  Todos los años se
transportan en todo el mundo millones de toneladas de explosivos, y sin
embargo no tenemos noticias de que exploten los barcos.  En nuestro propio
país, durante muchos años se han estado transportando y manipulando
explosivos, y sin embargo no tenemos noticias de que se haya producido
ninguna explosión de este tipo.  Y que recordemos, la del Maine, cuyos
misterios no los ha podido explicar nadie todavía perfectamente bien, llegó
hasta a ser causa de una guerra; porque la nación a la que pertenecía aquel
barco, aunque se supone que no pudo hacer allí ninguna investigación,
aunque se supone que no pudo hacer lo que hemos hecho nosotros, hacer de
inmediato todos los interrogatorios:  hablar con los obreros, hablar con
los tripulantes, hablar con todos; aunque ellos no pudieron hacer esa
investigación, sin embargo, llegaron a la conclusión de que había estallado
por una mina externa, y le declararon la guerra a España; porque Estados
Unidos sacó la conclusión de que había sido un acto de los partidarios de
España, por hostilidad a Estados Unidos, y sin más pruebas, ni más pruebas,
ni más argumentos, por una simple suposición, llegaron hasta el acto
trascendental de declararle la guerra a España.  Nosotros no hemos tenido
que abusar tanto de la imaginación, nosotros no hemos tenido que sacar
conclusiones tan poco fundadas, porque más bien parece carecer de lógica
imaginar a España, con aquella situación difícil que tenía y aquella lucha
dura que tenía, perpetrando la voladura de un acorazado norteamericano.
Eso no parecía lo más lógico; y en cambio, nosotros sí tenemos razones más
que sobradas para creer que se trata de un sabotaje, y quiénes son las
fuerzas internacionales que están alentando a los enemigos de nuestro
pueblo y de nuestra Revolución; nosotros sí tenemos razones para pensar que
había intereses esforzándose porque no recibiéramos las armas; nosotros sí
tenemos razones para suponer, o razones para pensar que los que promovieron
ese sabotaje no podían ser otros que los que estaban interesados en que no
recibiéramos esos pertrechos.  Porque, ¿en qué hay que pensar como autores
de un acto semejante, sino en los intereses en que nosotros no recibiéramos
esos explosivos?  Y sobre esa cuestión tenemos que hablar.  Los interesados
en que no recibiéramos esos explosivos son los enemigos de nuestra
Revolución, los que no quieren que nuestro país se defienda, los que no
quieren que nuestro país esté en condiciones de defender su soberanía.
Nosotros sabemos los esfuerzos que se hicieron porque no pudiéramos comprar
esas armas, y entre los grandes intereses en que no recibiéramos esas armas
estaban los funcionarios del gobierno norteamericano.  Y nosotros podemos
afirmarlo sin que esto sea un secreto; porque si es un secreto, será de
esos secretos que los sabe todo el mundo.  Incluso no es que lo digamos
nosotros, lo dijo el gobierno inglés y el gobierno inglés declaró que el
gobierno norteamericano estaba interesado en que no adquiriéramos aviones
en Inglaterra; lo han dicho las propias autoridades norteamericanas, los
propios voceros, los esfuerzos porque no se vendieran armas a Cuba.
Nosotros hemos estado luchando contra esas presiones, nosotros hemos estado
luchando contra esos obstáculos.  De manera que un país, un gobierno,
utilizando su poderosa influencia internacional, se mueve en los círculos
diplomáticos para impedir que un país pequeño se arme; un país que necesita
defender su territorio de sus enemigos, un pueblo que necesita defenderse
de los criminales que quieren regresar, o de los colonizadores que quieren
mantenernos en la esclavitud y en el hambre.  Tenemos que estar luchando
contra las presiones de un gobierno influyente y poderoso para poder
adquirir armas.  Y nosotros podemos afirmar que hasta ahora habíamos
logrado que un gobierno y una fábrica de armas europeos, actuando con
independencia y actuando con firmeza, se habían opuesto a las presiones y
nos habían vendido las armas; es decir, la fábrica de armas de Bélgica y el
gobierno de ese país se habían resistido a las presiones.  Y no una, sino
varias veces, el cónsul norteamericano, un cónsul norteamericano en Bélgica
y un attaché militar de la embajada norteamericana en Bélgica, habían
intentado, con la fábrica y con el Ministerio de Relaciones Exteriores, que
no nos vendiesen esas armas.  Es decir que funcionarios del gobierno
norteamericano habían hecho reiterados esfuerzos por evitar que nuestro
país adquiriera esas armas, y los funcionarios del gobierno norteamericano
no pueden negar esta realidad.  Y esta realidad quiere decir que ellos
estaban interesados en que nosotros no adquiriésemos esas armas, y que
entre los interesados hay que buscar a los culpables, entre los interesados
en que nosotros no adquiriéramos esas armas hay que buscar a los culpables;
porque tenemos derecho a pensar que los que por vía diplomática intentaron
que no adquiriésemos esos equipos, pudieron haberlo intentado también por
otros procedimientos.  No afirmamos que lo hayan hecho así, porque no
tenemos pruebas contundentes, y si las tuviéramos ya las estaríamos
presentando al pueblo y al mundo; pero sí digo que tenemos derecho a pensar
que los que por vía, por determinadas vías no habían logrado sus propósitos
podían haberlo intentado por otras vías.  Tenemos el derecho a pensar que
entre los interesados hay que buscar a los criminales; ¡tenemos derecho a
pensar que entre los interesados hay que buscar a los causantes de las
vidas cubanas que se perdieron en la tarde de ayer!  Porque, en primer
lugar, ¿qué derecho tiene ningún gobierno a interferir los esfuerzos que
realiza otro gobierno en defensa de su soberanía?  ¿Qué derecho tiene
ningún gobierno a arrogarse la tutela de ninguna parte del mundo?  ¿Qué
derecho tiene ningún gobierno a prohibirles a los cubanos que adquieran las
armas que todos los pueblos adquieren para defender su soberanía y su
integridad?  ¿A qué pueblo le queremos nosotros prohibir que se arme?  ¿Qué
compras de armas interferimos nosotros?  ¿Qué obstáculos le ponemos a
ningún pueblo para que se arme?  ¿Y a quién se le ocurre que un gobierno
que vive en paz, cuyo pueblo vive en paz con otro pueblo, que mantiene
relaciones diplomáticas y amistosas -o que deben ser amistosas-, tenga
derecho a inmiscuirse para que ese pueblo no pueda adquirir armas?  Y mucho
menos si se tiene en cuenta que el país en nombre del cual actúa ese
gobierno adquiere en nuestro propio territorio materiales estratégicos que
necesita para su defensa, sin que nosotros interfiramos esa adquisición de
materiales, sin que nosotros interfiramos los esfuerzos que realicen para
su defensa, sin que nosotros nos inmiscuyamos en sus asuntos.  ¿Y que no
adquiramos medios para defendernos por qué?  ¿Por qué ese interés en que no
adquiramos medios para defendernos?  ¿Es que acaso pretenden que nuestro
pueblo caiga de nuevo bajo las botas de las pandillas de criminales que lo
azotaron durante siete años?  ¿Es que acaso están promoviendo el regreso de
los grandes criminales?  O lo que  es peor aún, ¿es que acaso pretenden
intervenir en nuestro suelo?  Porque no se quiere que nuestro pueblo cuente
con medios para defenderse, y nuestro pueblo no puede constituir ningún
peligro para ese país, nuestro pueblo no es ni podrá ser nunca un peligro
militar para ningún otro país, nuestro pueblo no podrá desarrollar nunca
una potencia ofensiva contra ningún otro pueblo; porque la fuerza de
nuestra Revolución en el mundo no está en su fuerza militar, sino en su
tremenda fuerza moral, en su tremendo ejemplo para los pueblos hermanos,
para nuestros hermanos de raza, esclavizados y explotados en toda la
América hispana.  Porque la fuerza nuestra nunca estará en la potencia
militar; nosotros somos militarmente fuertes para defendernos, pero no lo
somos, ni lo queremos ser nunca para atacar a nadie, porque nosotros no
aspiramos ni aspiraremos nunca a someter a nadie, a sojuzgar a nadie.
Nosotros sí somos fuertes para defendernos, porque defender la tierra es
otra cosa:  es un derecho, y uno de esos derechos que los pueblos saben
defender contra cualquier poder y contra cualquier fuerza.  Nunca seríamos
fuertes para agredir a nadie, no solo porque no tendríamos numéricamente
armas, ni hombres, ni recursos, sino porque nunca tendríamos derecho para
agredir a nadie; y por eso nunca seríamos fuertes, aunque tuviéramos
recursos y armas, sencillamente porque no tendríamos derecho a hacerlo.  Y
en cambio, nos sentimos fuertes para defendernos, estamos seguros de que
somos fuertes para defendernos, porque estaremos defendiendo un derecho y
sabremos defenderlo.  Entonces, ¿por qué no se quiere que tengamos los
medios necesarios?  Es sencillamente porque se quiere que no podamos
defendernos, se quiere que estemos indefensos.  ¿Y por qué se quiere que
estemos indefensos?  Para doblegarnos, para someternos, para que no
resistamos a las presiones, para que no resistamos a las agresiones.  ¿Y
tienen precisamente derecho a obstaculizar nuestros esfuerzos para adquirir
los medios para defendernos las autoridades de un país que no ha podido
impedir que su territorio sea utilizado sistemáticamente para
bombardearnos?  Es posible que mañana los diarios de ese país salgan
diciendo que analizar estas verdades y estas razones es un insulto al
pueblo de Estados Unidos.  Y valga aclarar que nosotros no insultamos al
pueblo de Estados Unidos, ni nunca hemos insultado al pueblo de Estados
Unidos; lo que ocurre es que a las verdades las llaman insultos, y las
llaman insulto al pueblo para presentar a nuestro pueblo como un pueblo
enemigo del pueblo de Estados Unidos.  Y las razones que nosotros
argumentamos a los gobernantes -que son los responsables de la política de
ese país- no son insultos al pueblo; porque entendemos, por el contrario,
que quienes le hacen daño al pueblo norteamericano son los que cometen
errores semejantes; los que ofenden al pueblo norteamericano son los que
cometen errores semejantes.  Razonar, llamar las cosas por su nombre,
aclararle al pueblo estas verdades, lo pintan como insulto, porque quieren
dificultades de pueblo a pueblo, y aquí no hay dificultades de pueblo a
pueblo, porque Cuba nunca tendrá dificultades de pueblo a pueblo con ningún
pueblo del mundo.  Los pueblos son buenos, y no se pueden juzgar por sus
gobernantes.  No habría sido justo juzgar a los cubanos, a este pueblo
magnífico, por los gobernantes que la Revolución derrocó.  Los pueblos no
tienen la culpa.  Pero tal parece que las verdades no pudieran ni siquiera
insinuarse en este continente donde nosotros los cubanos hemos aprendido a
decir la verdad, sin miedo a nadie.  Y estas son verdades:  aviones
enemigos de nuestro pueblo, aviones piloteados por mercenarios criminales,
salen de Estados Unidos, y el gobierno de ese país, tan preocupado porque
nosotros no adquiramos armas, no ha sido capaz de impedir esos vuelos.
Nosotros hemos logrado el triunfo del pueblo después de siete años de
cruenta lucha y de inmenso sacrificio.  En aquellos tiempos cualquier
ciudadano podía ser torturado, cualquier ciudadano podía ser asesinado en
las calles de las ciudades o en los campos, la tiranía más atroz imperaba
en nuestra patria; mas eso no era obstáculo para que de Estados Unidos
llegaran los barcos cargados de bombas y llegaran los barcos cargados de
metralla, que en cambio no estallaban en el puerto de La Habana.  Sin
embargo, nosotros no asesinamos a nadie, nosotros no torturamos a nadie,
nosotros no golpeamos a un solo ser humano, nosotros hemos establecido en
nuestra patria el imperio del respeto a la dignidad humana, a la
sensibilidad humana, y nuestro Gobierno Revolucionario se ha caracterizado
por ese clima de seguridad que tiene el ciudadano, por esa sensación de
tranquilidad, de seguridad y de respeto que tiene el ciudadano; nosotros no
torturamos, nosotros no asesinamos, y sin embargo, las armas que vienen
para defender este régimen estallan al llegar a puerto.  En cambio, los
torturadores de nuestro pueblo, los verdugos de nuestro pueblo, los que
arrancaron la vida de 20 000 compatriotas, los que asesinaban estudiantes,
campesinos, obreros, los que asesinaban hombres y mujeres, los que
asesinaban profesionales, los que asesinaban a cualquier ciudadano, esos
recibían directamente armas y pertrechos que no estallaban.  Cuando se
trata de un régimen revolucionario justo, un régimen revolucionario humano,
un régimen que tanto se ha esforzado por defender los intereses del pueblo,
los intereses de nuestro pueblo sufrido y explotado -explotado por los
monopolios, explotado por los latifundios, explotado por los
privilegiados-, un régimen que ha librado al pueblo de todas esas
injusticias, un régimen de la mayoría del país, un régimen humano, lo
combaten.  Al régimen criminal e inhumano, al régimen de los monopolios y
de los privilegios, lo ayudaban.  ¡Vaya democracia que ayuda a los
criminales y ayuda a los explotadores!  ¡Democracia es esta, donde el
hombre vale para nosotros y valdrá siempre más que el dinero!  Porque por
dinero no derramaremos jamás una gota de sangre humana; por dinero, por
intereses egoístas, no sacrificaremos jamás una gota de sangre humana.  Y
estos hechos no son únicos.  Porque, ¿quién se ha de extrañar de que
estalle un barco en el puerto mientras los obreros trabajan?  ¿Quién se ha
de extrañar de un sabotaje que cueste sangre de trabajadores?  ¿Quién se ha
de extrañar, si hace apenas un mes -si es que llega al mes- un avión
norteamericano, procedente de territorio norteamericano y manejado por un
piloto norteamericano y con una bomba norteamericana, trató de dejarla caer
sobre un centro donde había más de 200 obreros?  Y en aquella ocasión dije:
"¿Cuál no habría sido hoy el dolor de nuestro pueblo y cuál no habría sido
hoy la tragedia de nuestro pueblo, si en vez de esos dos cadáveres de
mercenarios tuviéramos que ir a enterrar unas docenas de obreros?"  Y como
si aquellas palabras hubiesen tenido algo de premonición, hoy hemos tenido
que venir en manifestación a enterrar varias docenas de obreros y de
soldados rebeldes.  ¿Qué tiene de extraño que los criminales autores de ese
sabotaje no se hayan preocupado por el saldo de víctimas que iban a dejar,
por los hombres que iban a asesinar?  ¿Qué tiene de extraño, si no hace un
mes iban a dejar caer una bomba de 100 libras en medio de una fábrica
funcionando, en medio de más de 200 trabajadores?  ¿Qué tiene de extraño
si, cuando aquel hecho se produjo, nosotros con las pruebas en la mano,
serenamente, le hablamos al pueblo, le explicamos al pueblo lo ocurrido,
exhibimos las pruebas, e incluso les dijimos que mandaran los técnicos,
para que vieran que era rigurosamente cierto todo cuanto se había dicho; si
ha transcurrido un mes y todavía no han arrestado a nadie en Estados Unidos
y no han expulsado a ningún criminal de guerra de Estados Unidos, ni han
encontrado a ningún culpable, ni han molestado a nadie, sino que, por el
contrario, a los pocos días volvieron las avionetas, y no había
transcurrido apenas una semana cuando bombardearon la localidad donde
reside el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario?  ¿Qué tiene de
extraño que hagan estallar un barco cargado de obreros, si iban a estallar
una bomba sobre un central azucarero, y no se preocuparon por bombardear
una zona donde había niños, dejando caer en aquella región bombas de 100
libras?  ¿Qué tiene de extraño, si ayer mismo se acaban de publicar por la
revista "Bohemia" las fotografías de la flota aérea, que tranquilamente
reposa en los aeropuertos norteamericanos sin que nadie la moleste?  ¿Qué
tiene de extraño, si ayer mismo recibimos la noticia de que José Eleuterio
Pedraza se encontraba en Washington?  ¿Qué tiene de extraño, si estas cosas
han estado ocurriendo?  Solo que en esta ocasión, el zarpazo ha sido duro y
ha sido sangriento.  Era lógico.  Ya otra vez habíamos tenido que recorrer
los hospitales llenos de víctimas, hace varios meses, a consecuencia de
aquella incursión cuyo autor se pasea todavía por los pueblos y ciudades
norteamericanas sin que nadie lo moleste.  ¿Qué tiene de extraño, si una
serie de actos demuestran el conjunto de intereses poderosos que se agrupan
contra nuestra Revolución; si hace apenas unos días liberaron grandes
cantidades de maíz para sustituir la miel de Cuba en la fabricación de
alcohol; si hace unos días retiraron los inspectores que observaban el
cultivo de los frutos y las hortalizas que exportamos a ese país; si todo
el mundo conoce la ley mediante la cual se quiere supeditar la soberanía de
nuestro país a la amenaza de no comprarnos el azúcar?  Es decir, si en
estos días van a presentar al Congreso una ley en virtud de la cual el
Presidente de la república se reserva el derecho, en cualquier momento, de
quitar la cuota azucarera, de reducirla, de no comprar ninguna si así lo
estima.  ¿Y qué quiere decir eso?  Quiere decir que nuestro país tiene una
estructura económica muy débil.  ¿Pero por qué tiene nuestro país una
estructura débil en lo económico?  Porque esa fue la estructura que los
amos extranjeros le dieron a nuestra economía; una economía de monocultivo,
una economía de latifundio, una economía de país subdesarrollado, una
economía débil, consecuencia de la política de los amos extranjeros de
nuestra economía durante 50 años.  Y ahora, valiéndose de esa dependencia
de la que nosotros nos queremos librar, valiéndose de esa situación de la
que nosotros tratamos de independizarnos -y eso es lo que quiere decir
independencia económica-, valiéndose de esa dependencia, quieren adoptar
sistemas que intentan doblegar nuestros derechos y someter nuestra
soberanía.  Quiere decir que si nosotros hacemos leyes aquí, si nosotros
tomamos medidas en beneficio de nuestro pueblo, ellos se arrogan el derecho
de matar de hambre a nuestro pueblo.  Es decir que, utilizando la ventaja
económica de que disfrutan a consecuencia de la política de monocultivo y
de latifundio y de subdesarrollo que siguieron aquí, tratan de restringir
los derechos de nuestro pueblo a actuar de manera independiente y soberana,
bajo la amenaza de matarnos de hambre.  ¿Qué quiere decir eso, si no una
Enmienda Platt económica?  ¿Qué quiere decir eso, si no advertir que si
nosotros tomamos medidas contra los latifundios, medidas contra los
monopolios, medidas en beneficio de nuestro pueblo, se tomen represalias
contra nosotros, porque somos país pequeño, de economía débil; y que si
hacemos un esfuerzo por lograr una economía fuerte, lograr una economía
propia, nos amenazan con matarnos de hambre?  ¿Qué es eso, si no un intento
de menoscabar la soberanía de un país, un intento de restringir la
independencia de un país?  ¿Qué es eso, si no que un gobierno se arroga el
derecho de decidir sobre los destinos de otro país con medidas de
represalia?  Porque no son medidas que se tomen para defender intereses
nacionales, no son medidas que se tomen para defender intereses del pueblo
norteamericano, no son medidas que se tomen para garantizar el
abastecimiento; no, esas medidas, al revés que las nuestras -que son
medidas que tomamos para defender al pueblo, para defender intereses
nacionales, pero no medidas de represalia- ­son medidas de represalia.  No
medidas para defender intereses nacionales, sino una medida de represalia
contra otro país, mientras las medidas que nosotros tomamos son medidas de
defensa de intereses nacionales y de intereses del pueblo.  Porque ninguna
de las medidas que nosotros tomamos son medidas para matar de hambre al
pueblo norteamericano, todo lo más, las medidas que nosotros tomamos les
restringen el bolsillo voraz a unos cuantos monopolios norteamericanos,
pero nosotros no le restringimos los medios de subsistencia ni de trabajo
al pueblo norteamericano.  Las medidas que nosotros tomamos son contra
monopolios, son contra intereses, no contra el pueblo norteamericano.  Y
las medidas que ellos toman no son medidas para defender al pueblo
norteamericano; son medidas de represalia contra el pueblo cubano.  Y eso,
naturalmente que hacía falta un Gobierno Revolucionario para proclamarlo,
hacía falta un gobierno del pueblo para proclamarlo, hacía falta un
gobierno sin miedo a proclamarlo; sin miedo ni a las amenazas, ni a las
represalias; sin miedo a las maniobras militares.  Y podríamos decir:
¿Maniobras militares en el Caribe para qué?  ¿Maniobras de desembarco
contra posiciones ocupadas por guerrillas para qué?  ¿Maniobras de tropas
transportadas en aviones, en operaciones ofensivas, para qué?  Porque, que
tengamos entendido, los problemas del mundo se van a discutir en las
cumbres, según llaman; los problemas del mundo tenemos entendido que hoy
son problemas de proyectiles dirigidos, de ciencia y técnica avanzadas,
pero no hemos oído decir que los problemas del mundo sean problemas de
guerrillas, ni hemos oído decir que los problemas del mundo sean problemas
aquí en el Caribe y que haya dificultades de carácter internacional en el
Caribe.  Tenemos entendido que las grandes potencias no piensan hoy
militarmente en términos de guerrillas, que los que tuvimos que usar las
guerrillas fuimos nosotros para luchar contra ese ejército profesional de
la tiranía, y usar esa táctica contra fuerzas numéricamente superiores y
superiores en recursos; pero no había oído decir que en el mundo las
cuestiones militares se discutieran en términos de guerrillas.  Y cuando
vemos maniobras de Infantería de Marina, maniobras de desembarco contra
guerrillas, nos preguntamos para qué y por qué.  ¿Es que piensan
desembarcar -me pregunto-, o es que piensan intimidar?  ¿Es que se nos
quiere asustar?  ¿Es que se quiere hacer ver que en cualquier momento
podemos ser invadidos?, ya que hay voceros que hablan de las cosas
posibles, y entre las cosas posibles hablan de desembarcos aquí.  ¿Quién
dijo que desembarca aquí nadie?  ¿Y quién dijo que aquí se puede
desembarcar tranquilamente?  Y por lo pronto, entre las cosas probables
-que es bueno decir un día como hoy, porque en realidad estamos ya los
cubanos bastante grandecitos en materia de patriotismo y en materia de
civismo para que vayan a usarse contra nosotros esas insinuaciones- y entre
las cosas posibles de que se habla, permítaseme decir que nos sentimos
sencillamente admirados cuando con esa tranquilidad dicen enviar aquí,
entre las cosas posibles la Infantería de Marina, ¡como si nosotros no
contáramos para nada, como si en caso de esa eventualidad los cubanos nos
fuéramos a quedar cruzados de brazos, como si los cubanos no fuéramos a
resistir cualquier desembarco aquí, de cualquier tropa que intente doblegar
a nuestro pueblo!  Y es bueno que se diga, que lo digamos de una vez hoy
aquí, en estos instantes en que venimos a depositar en las tumbas a un
número considerable de soldados y de obreros y de ciudadanos que ayer
estaban como estamos nosotros hoy -que quién sabe las veces que nos
encontramos con ellos en los centros de trabajo, o en las concentraciones
públicas, o nos encontramos con ellos en las instalaciones militares, o nos
encontramos con ellos en las zonas de operaciones; que quién sabe cuántas
veces, como ustedes, aplaudían y vivían llenos de las nobles ilusiones que
la Revolución ha despertado en cada cubano humilde-; cuando venimos en
luctuosa peregrinación a llevar sus restos a las tumbas, tranquilamente,
serenamente, como quienes cumplimos un deber doloroso y lo sabemos cumplir,
y lo sabemos cumplir abnegadamente, y lo sabemos cumplir sabiendo que
mañana podemos ser otros, como ellos lo fueron ayer, y como otros lo fueron
antes que ellos -porque los cubanos hemos aprendido a mirar la muerte
serenamente y sin inmutarnos, porque los cubanos hemos adquirido un sentido
real de la vida, que empieza por considerarla indigna cuando no se vive con
libertad, cuando no se vive con decoro, cuando no se vive con justicia,
cuando no se vive por algo, y por algo grande como están viviendo los
cubanos en este momento-; aquí en este acto, entre estos muertos producto
de quién sabe qué manos asesinas, digamos de una vez que nosotros no le
tenemos miedo a ninguna tropa de desembarco en este país, que nosotros no
esperaremos un segundo en tomar nuestros fusiles y en ocupar nuestros
puestos, sin pestañear y sin vacilar ante cualquier tropa extranjera que
desembarque en este país; que nosotros, es decir, el pueblo cubano, sus
obreros, sus campesinos, sus estudiantes, sus mujeres, sus jóvenes, sus
ancianos, hasta sus niños, no vacilarán en ocupar sus puestos
tranquilamente, sin inmutarse y sin pestañear siquiera, el día que
cualquier fuerza extranjera ose desembarcar en nuestras playas, venga por
barco o venga en paracaídas, o venga en avión, o venga como venga y vengan
cuantos vengan.  Y es bueno que lo digamos sin alarde, como quienes están
decididos de verdad a hacer lo que se promete.  Y si alguien lo hubiera
podido dudar, el día de ayer era como para demostrárselo para siempre al
más pesimista.  Quien haya observado al pueblo en el día de ayer, quien
haya visto aquel episodio a la vez maravilloso y dantesco, quien haya visto
cómo las multitudes avanzaban hacia el fuego, cómo avanzaban los soldados,
los obreros, los policías, los marinos, los bomberos, las milicias, cómo
avanzaban hacia aquel lugar de peligro, cómo avanzaban hacia aquel lugar de
muerte, sin inmutarse, quien haya visto lo que ayer hicieron los cubanos;
quien haya visto a los soldados y al pueblo avanzar hacia el peligro para
rescatar a los heridos, para rescatar a las víctimas en un barco ardiendo,
en una zona que estaba ardiendo, cuando no se sabía cuántas explosiones más
iban a ocurrir; quien haya sabido de aquellas oleadas, barridas por las
explosiones, que murieron no en la primera, sino en la segunda explosión,
quien haya visto al pueblo comportarse como se comportó ayer; quien haya
visto al pueblo dirigir el tráfico; quien haya visto al pueblo establecer
el orden; quien haya visto al pueblo avanzar sobre aquella explosión que
dejaba tras de sí como un hongo, que recuerda el hongo de las explosiones
nucleares; quien haya visto al pueblo avanzar hacia aquel hongo sin saber
de qué se trataba, puede estar seguro de que nuestro pueblo es un pueblo en
condiciones de defenderse, es un pueblo capaz de avanzar hasta contra los
hongos de las bombas nucleares.  Y eso ocurrió ayer.  No es un invento de
la fantasía; es una realidad que todo el pueblo presenció, es una realidad
que hemos tenido que pagar con docenas de vidas valiosas, de hombres que
cayeron cuando iban a salvar a sus compañeros, que dieron sus vidas
tranquila y serenamente para salvar las vidas que estaban aprisionadas
entre los hierros retorcidos de aquel barco, o entre los escombros de los
edificios, de bomberos que avanzaban sin inmutarse a apagar edificaciones
repletas de explosivos; quien haya visto escenas como la de ayer, quien
sepa de un pueblo tan digno y tan viril y tan generoso y tan honesto como
el pueblo nuestro, tiene derecho a saber que es un pueblo que se defenderá
de cualquier agresión.  Ojalá los que perturbados en el más elemental
sentido común se atreven a considerar como posible cualquier género de
invasión a nuestro suelo, comprendan la monstruosidad de su equivocación,
porque nos ahorraríamos muchos sacrificios.  Mas si ello ocurriera, por
desgracia, pero sobre todo para desgracia de los que nos agredieran, que no
les quede duda de que aquí en esta tierra que se llama Cuba, aquí en medio
de este pueblo que se llama cubano, habrá que luchar contra nosotros
mientras nos quede una gota de sangre, habrá que pelear contra nosotros
mientras nos quede un átomo de vida.  Nosotros nunca agrediremos a nadie,
de nosotros nadie nunca tendrá nada que temer, pero quien nos quiera
agredir debe saber sin temor a equivocarse que con los cubanos hoy, que no
estamos en el año 1898 ni en 1899, que no estamos a principio de siglo, que
no estamos en la década de 1910 o de 1920 o de 1930, con los cubanos de
esta década, con los cubanos de esta generación, con los cubanos de esta
era -no porque seamos mejores, sino porque hemos tenido la fortuna de ver
más claro, porque hemos tenido la fortuna de recibir el ejemplo y la
lección de la historia; la lección que costó tantos sacrificios a nuestros
antepasados, la lección que costó tanta humillación y tanto dolor a las
generaciones pasadas, porque hemos tenido la fortuna de recibir esa
lección-, con esta generación hay que pelear, si nos llegan a agredir,
hasta su última gota de sangre, con los fusiles que tengamos, con los
fusiles que compremos, que le compremos al que nos lo venda, sencilla y
llanamente, con las balas y las armas que compremos donde mejor nos parezca
y con las armas que nosotros sabemos quitarles a los enemigos cuando
estamos peleando.  Y sin inmutarnos por las amenazas, sin inmutarnos por
las maniobras, recordando que un día nosotros fuimos 12 hombres solamente y
que, comparada aquella fuerza nuestra con la fuerza de la tiranía, nuestra
fuerza era tan pequeña y tan insignificante, que nadie habría creído
posible resistir; sin embargo, nosotros creíamos que resistíamos entonces,
como ­creemos hoy que resistimos a cualquier agresión.  Y no solo que
sabremos resistir cualquier agresión, sino que sabremos vencer cualquier
agresión, y que nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con
que iniciamos la lucha revolucionaria:  la de la libertad o la muerte.
Solo que ahora libertad quiere decir algo más todavía:  libertad quiere
decir patria.  Y la disyuntiva nuestra sería patria o muerte.  Y así un día
como hoy, luctuoso y trágico, doloroso para el pueblo, doloroso para el
gobierno, doloroso para los familiares de los obreros y los soldados, y los
ciudadanos que cayeron; en un momento como este, importante, es bueno que
dejemos sentadas estas cosas, y que nuestra disposición de resistir no es
solo la disposición de resistir militarmente.  Creen tal vez que tenemos
valor para morir, pero que no tenemos valor para resistir las privaciones,
y los hombres tienen valor para resistir, incluso las privaciones que menos
se imaginan.  Si aquellos hombres que comenzaron la lucha en las montañas
no hubiesen tenido valor para resistir las privaciones, habrían sido
vencidos; mas, no fue así, porque tuvieron entereza para resistir las
privaciones.  Hombres débiles son los que no tienen entereza para resistir
las privaciones; hombres o mujeres fuertes son los que tienen entereza para
resistir las privaciones.  Y un pueblo que tiene el valor de cualquier
sacrificio en el combate, debe también tener el valor de cualquier
privación.  Porque se equivocan también cuando creen que mediante
represalias económicas nos van a derrotar.  Y aquí cabría decir que más
vale pasar hambre en libertad que vivir esclavizados en la opulencia; que
más vale ser pobres pero ser libres, aunque nos cueste mucho y aunque fuese
largo el camino del desarrollo de nuestras riquezas -algún día habremos
alcanzado también esa meta-, pero más vale ser pobres pero ser libres, que
ser ricos y ser esclavos; mucho más cuando aquí éramos esclavos y pobres, y
por lo menos ahora somos pobres pero libres, y algún día seremos libres y
además ricos.  Así que a nosotros no se nos compra con ventajismos
económicos, y mucho menos cuando las ventajas económicas no las vio nunca
nadie por ninguna parte; porque aquí lo que vio todo el mundo fue miseria,
injusticia, explotación.  Eso es lo que se llama  los cientos de miles de
niños que no tienen escuela, o no tenían escuela, y así es como se llaman
los miserables bohíos, así es como se llaman los meses del tiempo muerto,
así es como se llama desempleo, así es como se llama la agonía en que
vivíamos.  Y Cuba, nuestro pueblo, no ha hecho otra cosa que luchar contra
esos males, no ha hecho otra cosa que esforzarse por superar esos males, no
hemos hecho otra cosa que reclamar lo nuestro; no hemos hecho otra cosa que
defender lo nuestro y a los nuestros.  Y esa es, a los ojos de la
plutocracia internacional, la falta que ha cometido Cuba; defender lo suyo,
a los suyos y a lo suyo frente a la explotación, frente a la colonización.
Y esa es la causa de que los aviones vengan, esa es la causa de la
insolencia cada vez más audaz, de los criminales protegidos por esa
plutocracia; esa es la causa de que mientras en ninguna parte del mundo los
barcos estallan, mientras en ningún lugar del mundo los aviones bombardean,
en nuestra patria los obreros se vean amenazados en medio de su trabajo por
una bomba de 100 libras, o se vean amenazados en medio de su trabajo por
una explosión apocalíptica.  Esa es la causa del odio de la oligarquía
poderosa que nos combate, esa es la causa de la conjura contra nuestra
patria.  La comprendemos bien porque es preciso que sepamos comprender
nuestros problemas, es preciso que sepamos comprender estas verdades, y es
preciso que se proclamen, como también es preciso que esos intereses y esos
conjurados sepan a qué atenerse y sepan que aquí no se trata de hacer
planes, en el extranjero, sobre los problemas del país o sobre las
soluciones, o sobre las contrarrevoluciones, que para hacer planes acerca
de nuestro país, en primer lugar, hay que contar con nosotros, y si no
cuentan con nosotros, porque creen que no existimos, entonces que se
atengan a las consecuencias.  Hoy hemos venido a concluir un día de los más
tristes, sí pero de los más firmes de nuestra patria y de los más
simbólicos.  ¿Quién nos iba a decir hace 14 meses apenas, cuando cruzábamos
con los soldados rebeldes de Oriente por estas calles, en medio de la
alegría desbordante de aquel pueblo, que un día como hoy íbamos a tener que
recorrer esas mismas calles, en medio de la tristeza y el dolor de ese
mismo pueblo, para dar sepultura, entre un grupo de obreros, a un grupo de
aquellos soldados que por aquí cruzaron portando los estandartes de la
liberación nacional?  ¿Quién nos iba a decir que los causantes y los
cómplices de aquellos asesinos de tantos miles y miles de cubanos nos
obligarían una vez más -y quién sabe cuántas veces más- a venir a llorar
junto a las tumbas de nuevas víctimas, de nuevos ciudadanos aniquilados por
los mismos criminales y los mismos aliados?  Pero por amargo que sea, es lo
cierto.  Y aquí estamos cumpliendo este doloroso deber, y lo cumpliremos
cuantas veces sea necesario, ¡lo cumpliremos un día como cortejo y otro día
como féretro, si es preciso; lo sabremos cumplir, porque detrás de los que
caen vienen otros, detrás de los que caen otros siguen en pie!  Grande ha
sido la pérdida en estos 14 meses; compañeros entrañables e inolvidables
que ya no están entre los que venimos tras los féretros; compañeros que en
el cumplimiento del deber han desaparecido de nuestras filas; sin embargo,
las filas siguen marchando, el pueblo sigue en pie, ¡y eso es lo que
importa!  Y qué espectáculo tan imponente el de un pueblo en pie, qué
espectáculo tan maravilloso y tan impresionante el espectáculo de un pueblo
en pie, qué espectáculo como este de hoy, y ver marchar juntos a los que
hace algunos años habría parecido un sueño verlos marchar como marchaban
hoy, y quién habría siquiera soñado hace algunos años ver marchar las
milicias obreras codo a codo con las brigadas universitarias, codo a codo
con los soldados del Ejército Rebelde, codo a codo con los miembros de la
marina y de la policía; codo a codo con una columna de campesinos con sus
sombreros mambises, sus filas marciales y compactas, sus fusiles al hombro;
guajiros de las montañas que hoy nos acompañan en este minuto de dolor,
para que nadie quedase sin representación; para que allí, donde se
confundían con el pueblo ministros y ciudadanos, se juntase la nación
entera en lo que tiene de generosa, de combativa y de heroica.  ¡Quién iba
a soñar siquiera que un día militares y obreros no serían enemigos, que un
día militares y obreros y estudiantes y campesinos y pueblo no serían
enemigos; que algún día los intelectuales marcharían del brazo de los
hombres armados; que algún día el pensamiento, la fuerza de trabajo y el
fusil marcharían juntos, como han marchado hoy!  Antes marchaban separados,
antes eran enemigos, antes habían hecho de la patria disímiles intereses,
disímiles grupos, disímiles instituciones, y hoy la patria es un solo
sentimiento, la patria es una sola fuerza, la patria es un solo grupo.  Hoy
no combaten muriendo entre sí campesinos y soldados, o estudiantes y
policías, pueblo y fuerzas armadas; hoy, surgimos todos del mismo anhelo y
de la misma aspiración; pueblo y militar son idéntica cosa.  Antes
combatían entre sí, hoy combaten juntos; antes marchaban por disímiles
caminos, hoy marchan juntos, hoy luchan juntos obreros y soldados, hoy
mueren juntos, unos a los otros ayudándose, unos dando las vidas por salvar
a los otros, como hermanos entrañables.  Por eso vi hoy más fuerte que
nunca nuestra patria, vi hoy más sólida e invencible que nunca a nuestra
Revolución, más gallardo y más heroico a nuestro pueblo.  Hoy era como si
en esa sangre, que era sangre de soldados y de obreros, sangre de obreros
cubanos y de obreros franceses...  Obreros franceses que cumpliendo el
deber también murieron mientras transportaban esas mercancías que servirán
para defender nuestra soberanía, y por lo cual no los hemos olvidado a la
hora de ayudar a los nuestros; a la hora de ayudar a los familiares de los
cubanos que cayeron, no hemos olvidado a esos obreros de Francia que
cayeron en ese hecho vandálico producido por las manos asesinas enemigas de
los obreros aquí y en cualquier parte del mundo que en el acto de ayer
hermanaron la sangre francesa, de donde surgieron aquellos gritos de
libertad en la primera revolución grande de la historia moderna de la
humanidad; hermanaron la sangre de los obreros franceses y la sangre de los
obreros cubanos.  Y por eso nosotros, que en ellos vemos a hermanos, hemos
también atendido con pareja generosidad la ayuda a sus familiares, porque
ellos también tienen esposas y tienen madres y tienen hijos; y esto
constituía para nosotros, para un pueblo generoso como el nuestro, un acto
de elemental solidaridad que sentimos todos hacia los pueblos de todo el
mundo.  Hoy he visto -como decía- más gloriosa y más heroica a nuestra
patria, más admirable a nuestro pueblo digno de admirarse como se admira a
una columna que regresa del combate, digno de identificarse y solidarizarse
con él como se solidarizan los hombres de un ejército después de una
batalla.  Lo que importa no son los claros en las filas; lo que importa es
la presencia de ánimo de los que permanecen en pie.  Y no una, sino muchas
veces, vimos claros en nuestras filas, en las filas de nuestro ejército;
vimos claros dolorosos, como hoy vemos claros en las filas del pueblo, pero
lo que importa sobre todo es la entereza del pueblo que se mantiene en pie.
Y así, al despedir a los caídos de hoy, a esos soldados y a esos obreros,
no tengo otra idea, para decirles adiós, sino la idea que simboliza esta
lucha y simboliza lo que es hoy nuestro pueblo:  ¡Descansen juntos en paz!
Juntos obreros y soldados, juntos en sus tumbas, como juntos lucharon, como
juntos murieron y como juntos estamos dispuestos a morir.  Y al
despedirlos, en el umbral del cementerio, una promesa, que más que promesa
de hoy es promesa de ayer y de siempre:  ¡Cuba no se acobardará, Cuba no
retrocederá; la Revolución no se detendrá, la Revolución no retrocederá, la
Revolución seguirá adelante victoriosamente, la Revolución continuará
inquebrantable su marcha!  Y esa es nuestra promesa no a los que han
muerto, porque morir por la patria es vivir, sino a los compañeros que
llevaremos siempre en el recuerdo como algo nuestro; y no en el recuerdo en
el corazón de un hombre, o de hombres, sino en el recuerdo único que no
puede borrarse nunca:  el recuerdo en el corazón de un pueblo.


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