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03/06/13 - Cuba-L Analysis (Albuquerque) - García Márquez: "El enigma de los dos Chávez"

por Gabriel García Márquez

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de
Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general
Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. "¿Qué pasa?", le preguntó
intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el
Presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia
presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de
Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio
militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron
las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto
sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto
de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente
comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se
fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después
el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de
que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El
joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable
facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su
alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue
amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos
partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota
fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la
República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la
Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana aCaracas, hace
dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente
constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido
tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro
y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de
cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un
venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible
por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de
su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba
su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada
con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era
otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado
reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha
digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con
razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a
Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar
a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el
novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que
se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado
por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más
largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel
Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un
revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la
inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el
soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta,
estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo.
Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de
más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el
coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y
él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una
carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los
Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una
plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo
recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero
sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el
mundo lo reconocía por su repique. "Ese que toca es Hugo", decían.  Entre
los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer
capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas.
Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el
primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se
hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y
su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción
militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta,
hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era
ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del
escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a
los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel
académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó
por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas
proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la
política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973.  Chávez no
entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los
militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su
compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a
quien se creía comunista. "Fíjate las vueltas que da la vida", me dice
Chávez con una explosión de risa. "Ahora su papá es mi canciller".  Más
irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del
presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

"Además", le dije, "usted estuvo a punto de matarlo". "De ninguna manera",
protestó Chávez. "La idea era instalar una asamblea constituyente y volver
a los cuarteles". Desde el primer momento me había dado cuenta de que era
un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana,
que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y
una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria
poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un
asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario
de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que
decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos
históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en
pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del
bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo
incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector
que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de
Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos
materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una
grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con
gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como
corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por
varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar
a caballo. "Yo estaba ya casi rendido, -me dijo Chávez-, pues mientras más
le explicaba menos me entendía". Hasta que se le ocurrió la frase
salvadora: "Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos
un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe
de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?". El capitán, conmovido, empezó
a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche
bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana
siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a
Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad
del puente internacional.

"De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en
Venezuela", dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de
un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar
los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió
refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de
soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en
los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a
dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. "Era que los
soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en
trapos para que no les quedaran marcas", contó Chávez. Indignado, le exigió
al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía
aceptar que torturara a nadie en su comando. "Al día siguiente me
amenazaron con un juicio militar por desobediencia, -contó Chávez- pero
sólo me mantuvieron por un tiempo en observación".

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba
comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el
patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una
emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios
balazos en el cuerpo. "No me deje morir, mi teniente". le dijo
aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete
murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: "¿Para
qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban
a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros
mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra
había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie". Y
concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: "Ahí caí en mi primer
conflicto existencial".

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un
movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente:
Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores:
cinco soldados y él, con su grado de subteniente. "¿Con qué finalidad?" le
pregunté. Muy sencillo, dijo él: "con la finalidad de prepararnos por si
pasa algo". Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón
blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba
la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades
para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio
inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el
segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia.
Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo
comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre
oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el
maestro de ceremonias lo anunció. "¿Y el discurso?", le preguntó el
comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. "Yo no
tengo discurso escrito", le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un
discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal
sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos
doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no
lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta
Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El
comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche
para ser oído por todos:

"Chávez, usted parece un político". "Entendido", le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez
contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: "Usted está
equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de
los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean
en los pantalones".

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: "Quiero que
sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di
la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo
escrito, me lo había contado ayer". Hizo una pausa efectista, y concluyó
con una orden terminante: "¡Que eso no salga de aquí!".

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y
Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y
allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino.
"Al final, claro, le hice un cambio", me dijo Chávez. En lugar de "cuando
hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español",
dijeron: "Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al
pueblo por voluntad de los poderosos".

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento
secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la
campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos
clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo
el país. "Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos,
estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos
civiles, amigos. "En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco
congresos sin ser descubiertos".

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con
una sonrisa de malicia: "Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos
tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya
identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4
de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel.
Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí
con nosotros en este avión". Señaló con el índice al cuarto hombre en un
sillón apartado, y dijo: "¡El coronel Badull!".

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el
acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que
devastó a Caracas. Solía repetir: "Napoleón dijo que una batalla se decide
en un segundo de inspiración del estratega". A partir de ese pensamiento,
Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el
minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. "Estábamos inquietos
porque no queríamos irnos del Ejército", decía Chávez. "Habíamos formado un
movimiento, pero no teníamos claro para qué". Sin embargo, el drama
tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. "Es
decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico".

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El
Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez
acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era
inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. "Yo iba a la
universidad a un postgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en
busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa",
me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. "Entonces veo que
están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos
esos soldados? Porque que sacaban los de Logística que no están entrenados
para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas
asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel:
¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la
calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí
vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el
coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo:
Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno,
Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios
quiera".

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y
cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco
caído, el fusil guindando y la munición desparramada. "Y entonces me paro y
lo llamo", dijo Chávez. "Y él se monta, todo nervioso, sudado, un
muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú
corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi
teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y
le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada.
Quién va a saber, imagínese". Chávez toma aire y casi grita ahogándose en
la angustia de aquella noche terrible: "Tú sabes, a los soldados tú los
mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se
los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los
barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe
Acosta". "Y el instinto me dice que lo mandaron a matar", dice Chávez. "Fue
el minuto que esperábamos para actuar". Dicho y hecho: desde aquel momento
empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla
la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años
cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se
despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: "Nos vemos aquí
el 2 de febrero". Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares
condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de
que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a
quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país.
Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota
más.

(Artículo publicado originalmente en la revista Cambio de Colombia, a partir
de un viaje de G. García Márquez junto a H. Chávez en febrero 1999, poco
antes de asumir como presidente de Venezuela.)

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Original Source / Fuente Original:
http://www.cubadebate.cu/opinion/2013/03/06/garcia-marquez-el-enigma-de-los-dos-chavez/


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