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03/15/13 - Juventud Rebelde (Habana) - Baraguá nos enseñó a no claudicar

Eduardo Pinto Sánchez o 14 de Marzo del 2013 23:48:51 CDT

A caballo transitaba José Martí el 7 de mayo de 1895 las márgenes del río
Mijaíl junto al capitán mambí José Zefí Salas, quien al divisar el trayecto
a Palma Soriano le cuenta al Apóstol cómo trajo por ese camino a Martínez
Campos para la reunión con Maceo en Mangos de Baraguá y cómo, al término de
aquel legendario encuentro, vio regresar al militar español colorado como
un tomate y tirar el sombrero ante la actitud inclaudicable del Titán de
Bronce.

Algunos asumen erróneamente que Martí señaló el hecho como el momento más
glorioso de nuestra historia. En el centenario del trascendental
acontecimiento, Fidel arrojó luces sobre la real dimensión de la
perspectiva martiana acerca de lo que ocurrió en Baraguá.

"Se dice que Martí dijo que Baraguá era lo más glorioso. No dijo así Martí.
Dijo lo que aparece en ese letrero: "La Protesta de Baraguá, que es de lo
más glorioso de nuestra historia". No podía decir de manera absoluta que
era lo más glorioso, porque habían ocurrido muchos hechos gloriosos. ¿Y
quién puede dudar de que el 10 de octubre de 1868 fue un hecho
extraordinariamente glorioso? Y no se trata de comparar unas glorias con
otras, unas fechas con otras. Sin 10 de octubre no habría habido 15 de
marzo, sin Yara no habría existido Baraguá; ¡pero sin Baraguá, Yara no
habría sido Yara!".1

Lo innegable es que este hecho estuvo presente en el proceso de reflexión y
preparación de la Guerra Necesaria, donde el Héroe Nacional conjugó las
experiencias de la guerra de 1868 a 1878 para darle a la nueva etapa de
lucha la organización más adecuada que pudiera conducirla al triunfo.

Aquel 15 de marzo de 1878, el Mayor General Antonio Maceo, que hasta
entonces no había sido más que un jefe regional y héroe de cientos de
combates, asumió, quizá sin saberlo, el compromiso histórico de convertirse
en el abanderado de la justa causa que llevó a miles de hombres y mujeres a
ofrendar su sangre y sacrificio durante diez años para ver una Cuba
independiente.

Para el jefe mambí la cuestión era simple, el Pacto del Zanjón, impulsado
por Martínez Campos, no contemplaba la plena libertad de Cuba y la
emancipación de los esclavos. Todavía le dolían las cicatrices y las balas
alojadas en su cuerpo, testigos silenciosos de su humilde servicio a la
causa libertaria.

Maceo se sobrepone por encima de todas las dificultades y proclama su
posición irrevocable de combatir y con ello arrastra a jefes, oficiales y
soldados en su empeño. Esta victoria opacó el efecto provocado por la falta
de unidad y el caudillismo, que habían conducido a la Guerra del 68 hasta
el arreglo injusto del Pacto del Zanjón, mediante el cual el colonialismo
español pretendió una indigna paz en los precisos instantes en que los
mambises reasumían la iniciativa en Oriente y Las Villas.

Para el Titán de Bronce la rendición no podía ser nunca el camino, a pesar
de las difíciles condiciones en las que se llevaba la lucha y la abismal
diferencia de recursos y tropas con el ejército español. Buscando apoyo
para su determinación dejó aparte cualquier discrepancia y conversó con
Vicente García sobre el tema y convocó a otros jefes mambises que aún
estaban alzados.

Ya el 18 de febrero, en Pinar Redondo, Maceo le había comunicado a Máximo
Gómez su postura de no aceptar lo proclamado en el Pacto del Zanjón y su
disposición a continuar la lucha, y el día 21 del mismo mes envió una carta
a Martínez Campos para concertar un encuentro.

El Héroe de Peralejo era entonces la figura más prestigiosa tras la muerte
de los patricios de la Revolución de 1868, y había emergido de las capas
populares que aportaron el mayor caudal de vidas en la manigua durante la
Guerra de los Diez Años.

En palabras de Fidel: "Uno de los méritos más extraordinarios de Maceo es
que jamás se dejó arrastrar por el envanecimiento, ni por la ambición, ni
por los prejuicios. Luchó contra todos los obstáculos imaginables, y se
caracterizó siempre por ser un soldado absolutamente leal, disciplinado,
respetuoso de las leyes, de los principios revolucionarios, de los mandos
superiores y de las autoridades revolucionarias legítimamente constituidas.
Pero ese ejemplo de Maceo, esa conducta intachable en todos los aspectos,
se convirtió en una doctrina, en una verdadera escuela para los
combatientes orientales. (.) Hay que decir que dejó realmente a nuestro
pueblo una herencia gigantesca, infinita, con esa actitud".2

Un aspecto poco conocido es que, terminada la histórica entrevista, los
participantes en representación del pueblo cubano elaboraron y aprobaron
una breve constitución y formaron el Gobierno provisional de Oriente, para
continuar la lucha por la independencia de Cuba.

Una actitud similar con relación al Pacto del Zanjón adoptó en Las Villas
el coronel Ramón Leocadio Bonachea, quien se mantuvo activo hasta abril de
1879. Al deponer las armas, aseguró volver a empuñarlas cuando las
circunstancias lo permitieran.

La Protesta de Baraguá preservó la dignidad de los patriotas y permitió
revivir el espíritu de lucha para renovar la tradición independentista en
el momento adecuado.

En marzo de 1978, a cien años de aquella heroica página de nuestra
historia, Fidel señaló cuál es el mayor legado de aquel hecho para las
futuras generaciones de cubanos:

"Lo que sí puede afirmarse es que con la Protesta de Baraguá llegó a su
punto más alto, llegó a su clímax, llegó a su cumbre, el espíritu
patriótico y revolucionario de nuestro pueblo; y que las banderas de la
patria y de la revolución, de la verdadera revolución, con independencia y
con justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto".3

Fuentes consultadas:

1 Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en el
acto de conmemoración del centenario de la Protesta de Baraguá, en el
municipio de Julio Antonio Mella, Santiago de Cuba, el 15 de marzo de 1978.

2-3 Ibídem.

José Martí. Diario de Campaña, de Mayra Beatriz Martínez y Froilán Escobar,
Casa Editora Abril, 1996.


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