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03/20/13 - Cuba-L Analysis (Albuquerque) - EL PROBLEMA DE LOS PROBLEMAS 

Por Jorge Gómez Barata

El inmovilismo entronizado en la Unión Soviética paralizó a la dirección
política y por los vasos comunicantes utilizados para ejercer un gobierno
unidireccional, el defecto se trasladó a la estructura social, privando de
iniciativa y capacidad de reacción a las fuerzas y organizaciones sociales.
El mal se reprodujo en otros países socialistas y con el tiempo se
transformó en endémico; incluso la centralización y la verticalidad
llegaron a parecer virtudes. 

Ese fenómeno explica por qué partidos forjados en intensas luchas, que
contaban con decenas de millones de militantes, mega organizaciones
sindicales, fabulosas entidades juveniles, organizaciones femeninas, de
campesinos; así como decenas de órganos de prensa, revistas teóricas,
centros de investigación y otros, fueron incapaces de reaccionar, ante la
acumulación de errores que condujeron al socialismo al mayor desastre
político que registra la historia.

Muerto Lenin y liquidada la vanguardia bolchevique, un colectivo
revolucionario fiel y comprometido aunque política e ideológicamente activo
en la cual la dirección colectiva, las polémicas, las votaciones divididas,
las posiciones individuales y la crítica respecto a la táctica y la
estrategia, incluso en los asuntos corrientes, no sólo no se excluían sino
que se mostraban en la prensa del partido y constituían tema de congresos y
conferencias. Pasada aquella época, nunca más en un comité central, un
parlamento, una central sindical o una organización juvenil o un periódico
de país socialista alguno apareció una voz discordante.      

Educados para obedecer, los niveles intermedios, las bases políticas y las
entidades subsidiaras, aunque formadas por experimentados cuadros y
militantes de altos niveles culturales y que incluían a científicos,
intelectuales,  académicos, expertos en todas las ciencias sociales,
periodistas, diplomáticos y altos jefes militares, jamás emitieron juicios
alternativos ni promovieron alertas acerca de situaciones y procesos
negativos. La opción de expresar descontento o emitir juicios críticos
desde las propias estructuras del poder, nunca se planteo. Lo que parecía
ser una fortaleza resultó debilidad. 

Debido a que fueron edificadas sobre bases erróneas, privadas de
independencia e iniciativa, en lugar de un compromiso con el socialismo, a
las instituciones estatales, políticas y de participación del socialismo se
les exigió obediencia y subordinación por lo cual, llegado el momento
resultaron inoperantes para prevenir y administrar la crisis.

El hábito de esperar orientaciones; así como las confusiones generadas por
la aplicación del llamado centralismo democrático que identificó lealtad
con obediencia, impidiendo que, tanto en la Unión Soviética como en una
decena de países gobernados por formaciones marxistas, el partido, la clase
obrera o la intelectualidad reaccionaran ante el dogmatismo y el
inmovilismo.

Los defectos aludidos, inhibieron a las bases y los niveles intermedios que
faltos de independencia y determinación, no atendieron debidamente los
problemas del pueblo y los colectivos laborales, no reaccionaran ante
violaciones de la legalidad, manipulaciones, hechos de corrupción,
arbitrariedades y otras deformaciones que terminaron comprometiendo al
sistema.

Aunque en Cuba, debido a peculiaridades autóctonas las deformaciones
burocráticas no han alcanzado semejantes cotas, en casos y lugares
concretos y ante situaciones específicas, también se expresa pasividad,
falta de iniciativa y se visibilizan los defectos de la centralización y la
verticalización extrema.

Al respecto, durante años el presidente Raúl Castro ha advertido de estos
fenómenos, y la dirección partidista ha exhortado a los niveles intermedios
y a las bases de las organizaciones políticas, de masas y sociales, para
"cambiar los métodos y estilos de trabajo", cosa que no ha surtido los
efectos deseados. Al parecer el equívoco ha consistido en actuar sobre las
consecuencias más que sobre la causas.

Afortunadamente una lectura adecuada de la debacle socialista y el proceso
de reformas en marcha, ofrecen a la dirección cubana excelentes
posibilidades para abordar tales problemas. Tal vez sea necesario retomar
la voluntad política que se expresó en la consigna con la cual, en los
difíciles años de la crisis de los noventa, el presidente Raúl Castro
abordó la dinamización del Partido y del Estado: "Si se puede". Allá nos
vemos.


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